sábado, 2 de noviembre de 2013

Los 'indecisos' y las responsabilidades



Que elección tras elección hay una franja importante de “indecisos” es algo que vengo oyendo desde que tengo uso de razón.
Un “indeciso” viene a ser alguien que no se resuelve si por derecha o por izquierda (relativamente, según las opciones dadas en un determinado momento) por cada vez que hay que elegir funcionarios de los diferentes poderes del estado. No resolvería sino hasta último momento, al menos, rompiendo con toda posibilidad de estadística, de probabilidades o tendencias, pronósticos brevemente previos que pudieran hacerse.
También hay quien quiere creer que existe una franja de la sociedad que no quiere ceder “todo el poder” a una sola fuerza, y así reparte, el Poder Ejecutivo para el partido que más le simpatiza, el Legislativo para la oposición, algo que en un país maduro y con dirigentes con verdadera vocación de servicio no estaría nada mal, posiblemente.
El problema es que aquí, como se sabe, a la oposición no la lidera ninguna cuestión ideológica, sino intereses de mercado, egoístas rozando o de plano delictivos, sino directamente criminales. Un monopolio de medios lidera a la oposición, instala agendas políticas y opinión pública respecto de la escena política, que por provenir esa opinión de diversos puntos aparentemente desvinculados desde todos lados a lo largo y ancho del país, termina por ser “ruido blanco” (desprestigio infundamentado sobre las diversas figuras políticas del oficialismo).
Si algo ha sabido hacer de manera conjunta este nuevo modelo que desde por lo menos diez años se viene desarrollando en la región (hablamos de Sudamérica, claro) es haber desbaratado, por lo menos evidenciado esta estrategia de los medios, el público ya no es consumidor pasivo de noticias “puras” (arbitrariamente subjetivas e interesadas de forma solapada), por todo lo contrario, somos cada vez más conscientes de que cada cosa que se dice desde los medios responde a un interés no solo ideológico, antes que nada económico, y en ese marco, usurero, a los propios intereses legítimos respecto de las soberanías de las diferentes naciones que componen la región.

Pero volvamos al tema de los “indecisos”. He de decir que jamás por cada votación que hemos realizado, ni presidenciales ni de congresistas, yo he oído decir a alguien “no sé por quién voy a votar”. ¿Dónde están los “indecisos” de nuestro país?, ¿dónde se esconden?, ¿a qué tendencia básica responden?, me pregunto, y rápidamente me respondo: Los “indecisos” no existen.
En las dos presidencias que ya viene concretando Cristina Fernández de Kirchner, ella gobernó bajo los dos aspectos, con un Congreso mayormente opositor (que hasta a otorgarle un presupuesto anual se negó) y, en la segunda presidencia, con un Congreso mayormente propio, de la misma fuerza.
Es decir, hubo concentración de poder oficialista durante la mayor parte de su segunda presidencia, sin embargo, no puede decirse que haya habido excesos en el ejercicio de ese poder, y sí que las leyes y medidas más importantes, por lo menos en mayor cantidad, de manera más dinámica, se propiciaron durante este período. Es decir, la concentración de poder no necesariamente tiene que derivar en excesos.
En estas últimas elecciones congresistas celebradas el pasado 27 de octubre, a nivel nacional el oficialismo no pierde mayoría, si hasta gana cinco nuevas bancas de diputados, pero lo que ocurre en Buenos Aires es bochornoso, el oficialismo pierde por amplia mayoría ante personajes verdaderamente impresentables, agentes del monopolio mediático que los lidera y los produce en campañas diseñadas con toda la pompa de verdaderos shows televisivos, en la que no faltaron chicas a medio vestir, hombres grotescamente travestidos y un sentido del humor agresivo y soez.

En fin, pero ocurre que a dos días de comenzar las celebraciones y festejos (porque al grupo de medios le representa un enorme beneficio la victoria en Buenos Aires), la Corte Suprema de Justicia Argentina se expide en el fallo sobre la Ley de Medios Audiovisuales, que venía postergándose desde hace años debido a la cantidad de trabas y chicanas judiciales que el departamento de abogados del Grupo venía presentando, fallando constitucional dicha ley, por la que el Grupo deberá desinvertir, soltar licencias, empresas (está excedido en más de doscientas por sobre veinticuatro que es legal que posea), y con todos los plazos vencidos para su aplicación, es decir, el proceso de desinversión debe comenzar ya.
Fue gracioso que a pocas horas de conocido el fallo, la Bolsa de Buenos Aires decidiera cerrar la cotización de acciones del Grupo Clarín, que en diez minutos habían ya caído más de un 5 %. La Bolsa decide cerrar la cotización, Clarín no tiene poder para hacerlo. Es decir, la Bolsa “le hizo un favor” a Clarín. En Londres parece Clarín no tiene amigos, y allí las cotizaciones, hasta donde sé, cayeron un 30 %.
Pero volvamos a Buenos Aires. Qué terrible que los mismos que el domingo te votaron, el martes intenten dinamitarte las bases, porque, ¿quién tiene acciones del Grupo Clarín?; bueno, eso pasa cuando tenés amigos que son corredores de bolsa.

En fin, Clarín no va a desaparecer. Tampoco muchas de sus licencias de TV, radio, Internet y cableado. Y esperemos que en las más de doscientas licencias de las que deben desprenderse, no logren colar a ningún testaferro.
Al margen de eso, se abre el campo de posibilidades en abanico, respecto de la distribución a nivel nacional de las viejas licencias, los servicios de provisión y la posible aparición de nuevos canales de difusión, radiales y televisivos. Las licencias pueden volver a manos de empresarios con verdadera vocación de hacer radio y televisión, ya no ser exclusividad de financistas con el único objetivo de generar ganancias, a cualquier costo y en desmedro de la calidad de los contenidos.
La oferta tendrá que ajustarse ahora más objetivamente a una verdadera demanda, en la que tallará más evidentemente si realmente hasta ahora consumimos lo que consumimos porque “no hay otra cosa” o porque nos gusta.
Recuerdo el primer discurso por cadena nacional, apenas asumir la presidencia Néstor Kirchner, en 2003. Nos dijo no esperar todo del Ejecutivo y llevar cada reclamo a su estamento correspondiente. Nos pedía ser responsables, entonces. En estos diez años las verdaderas intenciones y responsabilidades se han vuelto cada vez más indisimulables, las de los políticos, las de los funcionarios, también las de nosotros, simples votantes de a pie. Las redes sociales han dinamizado enormemente este proceso.
La radio y la televisión, y las redes sociales, son factores prioritariamente constitutivos de nuestras realidades y de nuestra identidad. Ahora más que nunca tenemos el poder de diseñarlas y desarrollarlas conforme a nuestro grado de consciencia, cada vez tenemos menos pretextos para aludir a “accidentes” o al poder de las oligarquías.
Esperemos saber aprovechar esta inmensa coyuntura, para alguna vez y de una vez por todas arribar a un estado de cosas donde lo normal no sea la confrontación permanente, al margen de las diferencias que siempre son saludables.