miércoles, 26 de junio de 2013

Sobre el feminismo y otras militancias



Para mi amiga Lorena Kalemberg (ella tradujo los pies de las fotos)



¿Cuándo fue que se instaló la idea de que el hombre, para ser hombre (macho, eminentemente varonil) debía tener un apetito, una avidez sexual desenfrenada?
Desde chicos, en el colegio, en el club, si no manifestabas una urgencia sexual desenfrenada, descontrolada (que solo podría satisfacerse someramente en la cantidad, por definición jamás podría ser en la calidad), cuando menos ibas a pasar por ser considerado “un tipo raro”, alguien que necesita de tratamiento psicológico, que suscita algún grado de desprecio, y hasta se puede llegar a considerar peligroso. Porque “es peligroso” que no sientas tales necesidades, las del común de los hombres (no en el caso de las mujeres… ¿por qué?).
Y digo “someramente” por dos razones: 1º) Si acaso un hombre –en su imaginación– pudiera satisfacer plenamente su manifiesta voracidad sexual, esto sería por extenuación, casi por desmayo, o por quedarse dormido. Pero al despertar su urgencia sexual prácticamente volverá a fojas cero, o al cabo de un día. 2º) Porque tampoco es sólo una cuestión de cantidad, también lo es de variedad; el sueño del hombre no es sólo mantener (obtener) la mayor cantidad de relaciones posibles, además, el ideal será con la mayor cantidad de mujeres posibles, de todas las estaturas, colores, densidades, y aún más, nacionalidades o etnias.
Lo de la cantidad por sobre la calidad queda claro. La urgencia nunca puede tener pretensiones de calidad; la urgencia es una necesidad enferma, extrema, desbordada, desaforada.

Esta idea de que a diferencia de la mujer el hombre tiene una necesidad de sexo en cantidad y en variedad extrema –lo que además, insisto, confirmaría su hombría– es completamente cultural, se ha venido trasvasando de generación en generación, se ha naturalizado y legitimado a través de tradiciones, de actos y actitudes, se ha hecho literatura y cine en base a esta realidad; es a partir de esta idea como nos relacionamos hombres y mujeres desde siempre, en la calle, en los transportes públicos, en las escuelas y universidades, en los hospitales, en los bares y locales bailables nocturnos, en nuestras casas, en las redes sociales; no importa que seas joven o anciano, es la idea que se sostiene consensuadamente, aún en dirección a los niños. En su aspecto más costumbrista, es lo que sostiene el pintoresquismo del “piropo”, que un hombre vaya por la vida, a diestra y siniestra diciéndole a las mujeres galanterías, cuando no guarradas.

Ésta es, como digo, una idea legitimada y naturalizada, “normal”, así considerada. Y para la sociedad “normal” que así la asume, la exageración de esto –el delito– es la violación. El violador es aquel tipo que consuma el ideal que todos los demás expresan, obtener sexo en cantidad y en variedad, no importa el medio.
Dirán que simplifico. Cuando un hombre “normal” le dice a una mujer “te parto”, está obviando el medio. Es una broma, está jugando a que es un violador. Se ha instalado en la sociedad que esto no está mal, que hasta es gracioso. Quién no le ha dicho alguna vez a una mujer “te parto”, aún cuando quizás hace unas horas nos hemos indignado con un caso de violación concreta, de los tantos que aparecen en los informativos.

El tema es que con aquella idea inicial se da un sustento, una cierta verosimilitud, al acto de la violación. Un violador es un hombre normal “que exagera”, es nada más que un desaforado.


Yo vuelvo a preguntarme: ¿Cuándo fue que se instaló la idea de que el hombre, para ser hombre (macho, eminentemente varonil) debía tener un apetito, una avidez sexual desenfrenada? ¿Quién o quiénes la instalaron, y para qué?
¿Nos modifica realmente de manera sustancial la vida, el hecho de haber mantenido mayor cantidad de relaciones sexuales?, ¿un hombre que tuvo cien relaciones es mejor en algún sentido que uno que sólo tuvo diez?
Bueno, no, no lo creo. La calidad de sólo una relación sexual podrá modificar sustancialmente la vida de un hombre, no la cantidad.
Cuando a un hombre se le escucha expresarse “como macho”, en su voz puede oírse la de su padre, la de su abuelo, la de sus ancestros. Es un mandato familiar que sienta y se exprese así, es un mandato social. Ningún hombre sabrá decir racionalmente a qué se debe tal urgencia, tal apetito, es como si su pene tuviera vida propia, como si se tratara de un demonio que lo domina.


 “Para el momento en el que termine, nadie te querrá. Te destruiré” -Mi atacante “Trabajas en un centro de ayuda para víctimas de abuso sexual, debiste verlo venir” -Mi hermano

*
 
¿Pero y quién y para qué fue que se instaló esta idea, esta convención?
Alguien dijo “divide y reinarás”. La especie humana está dividida y confrontada sus partes en cientos de subgrupos, sean por etnia, nacionalidad, religión, creencias políticas, etc. Fundamentalmente está dividida en mujeres y hombres, confrontada en feminismo/machismo, hasta llegó a hablarse, en los ’60, de una “guerra de los sexos” (concomitante con la Guerra Fría de por entonces, llamativamente).
El capitalismo parece ser el mayor beneficiario del “divide y reinarás”, en todos sus aspectos. El capitalismo, que sobrevive gracias a la explotación de fuertes sobre débiles, gracias al sometimiento (la vejación, la violación), gracias a la fabricación de armamentos y de guerras.

 “Él dijo que tú le diste permiso. Es su palabra en contra de la tuya” “Obviamente, cometiste un error de borracha y tal vez estar avergonzada de ser lesbiana” - Policía mujer (entrenada para la investigación de casos de abuso sexual)

*

Entonces, me pregunto, cuando un militante anti-imperialista, anti-capitalista, en su trato hacia las mujeres se comporta como el más común de los mortales… ¿contra qué era que estaba militando?


 “Esta noche haremos lo que mami y papi están haciendo” -Mi primer violador Derecha: “Ésta es la ÚNICA manera en la que yo podría estar con una chica como tú” -Mi último violador

*

En alguna de sus novelas, la escritora escocesa Kate Atkinson dice que probablemente ya no exista un solo hombre que merezca la atención de una mujer. Es probable que sea cierto, es probable que las mujeres más inteligentes y más sensibles ya se hayan dado cuenta de eso, y que estén obrando en consecuencia.
Sin llegar al extremo de Valerie Solanas, que propuso el exterminio del hombre, del macho, como solución a este tema, sin dudas una nota de esta naturaleza no puede ni profundizar ni abarcar toda la complejidad que comprende.
Pero no menciono a Valerie porque sí, lo hago porque el caso de Valerie es un tema tabú aún en la actualidad. De la misma manera que lo es el asunto de esta nota. Un tabú, aquello de lo que no se habla.


 No me lo hizo a mí, se lo hizo a mi madre. Dijo “Este es tu deber”. Yo fui testigo -Mi padre.