domingo, 26 de agosto de 2012

Borges, prólogos a Carlyle: Idealismo, nazismo y new age


La vez pasada, en un reportaje que se le hizo por televisión, Alejandro Dolina decía de Borges que no se le puede valorar por su ignorancia y mal entendimiento de lo que es la política, como por lo mismo respecto del tango o del fútbol; “no se le puede juzgar a Borges por lo que no es”, enfatizaba Dolina, en el sentido creo que de formas de pensamiento en cuanto a estas cuestiones, que en el maestro fallan por sí mismas.
Leyendo y releyendo los libros de prólogos escritos por Borges, cada vez me convenzo más de que Borges era una persona eminentemente inmadura en un aspecto fundamental, posiblemente el emocional, rayando en el infantilismo.
Esto no lo digo peyorativamente. En todo caso, a esto le contrasta su genialidad al momento de realizar observaciones –creo que el mayor porcentaje de esa genialidad se basa en sus observaciones– y de realizar entelequias.
Borges era como un niño permanentemente azorado, perplejo y sorprendido, que también de manera permanente descubre una y otra vez, cada vez más, la horrorosa y maravillosa vastedad del mundo, del cosmos, y de sus posibilidades.
Borges es antes que nada un comentarista, un mensajero, y a fuerza de prestar atención también uno en ir armando el rompecabezas de su obra, descubre que todos sus posicionamientos respecto a los diferentes aspectos de la vida, él los había ido tomando de algún lado, generalmente de las miasmas mismas subyacentes de la conformación de la historia del hombre, de la realidad.
Así, resulta demasiado facilista y simplificador, por ejemplo, decir que Borges era fascista. Resulta demasiado brutal, a la vez, no menos cierto. Pero, ¿cómo es que en su pensamiento Borges llega a eso?, es lo que trataremos de explicar, aunque sea fragmentariamente, en este artículo.
Borges escribió prólogos a dos libros de Thomas Carlyle, Sartor Resartus (algo así como “el sastre remendado”) y De los héroes y el culto de los héroes.
Borges dice de Carlyle que en principio se trataba de un idealista, entendiendo idealismo como  “la doctrina que declara que el universo, incluso el tiempo y el espacio y quizá nosotros, no es otra cosa que una apariencia o un caos de apariencias”. Más tarde, en otro prólogo, el de La muerte y su traje, de Santiago Dabove, Borges se declarará él mismo idealista, dice que por culpa de Macedonio Fernández.
Toda la propia obra de Borges se halla atravesada por esta cuestión metafísica y angustiosa del ser o no ser, que encuentra reflejos (para el autor los espejos son objetos sino “diabólicos”, al menos “malditos”), en Poe, en Lovecraft, en el mismo Cervantes; antes en Ovidio y finalmente en Kafka. Es obvia la duda para alguien como él, que se halla de cara permanentemente contra el cosmos como portento. Es ese mirar a las estrellas una noche clara, para con cierta inspiración o melancolía sentir que no somos nada, que no existimos. Desde este punto de vista, y bajo la definición antedicha, Borges era también un idealista.
Más tarde Borges arribará más o menos a un corolario a toda esta cuestión fundamental, más como una toma de decisión antes que por revelación o descubrimiento de una verdad inobjetable, en su Elogio de la Sombra, creo yo, que la felicidad de su sentido también me parece es lo de menos.
Es desde ese idealismo que Carlyle atribuye toda su obra a un personaje legendario, como Cervantes hace a su Quijote a un autor árabe, como luego Borges crea toda una literatura apócrifa, que incluye sendos e inhallables recortes de la Enciclopedia Britania. Es decir, gente que se mueve en un mundo de apariencias.
Pero para Carlyle el mundo de apariencias es de un tipo especial: la farsa. Es ateo, su punto de vista es cínico. No obstante, según apunta Borges observó Spencer, Carlyle abjura de la religiosidad de sus padres para terminar adoptando la actitud de un calvinista rígido. Un ateo, sobre todo cuando decide serlo, cuando se ha criado en un hogar religioso, necesita luego llenar un hueco (o es que con la sombra, el ego, se negocia pero no se lo niega).
Desde ese idealismo cínico que matiza un mundo de apariencias en el subgénero de la farsa, Carlyle desarrolla una teoría de la historia del hombre, en la que esa historia del hombre es un texto sagrado. Los manuales escolares de historia, para Carlyle, son textos sagrados, que el mismo hombre debe saber descifrar, escribir e integrar como personaje en párrafos narrativos correspondientes. Claro, no todos los hombres tienen igual preponderancia desde un punto de vista histórico, aquellos que constituyan los “evangelios” de este texto sagrado, serán solo los genios. ”Un año después, repitió en el Sartor Resartus que la historia universal es un evangelio y agregó en el capítulo que se llama "Centro de indiferencia" que los hombres de genio son verdaderos textos sagrados y que los hombres de talento, y los otros, son meros comentarios, glosas, escolios, tárgumes y sermones”, dice Borges.
Y luego cita a Carlyle: "La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres".
Siguen los textuales de Borges al respecto:
“Más importante que la religión de Carlyle es su teoría política. Los contemporáneos no la entendieron, pero ahora cabe en una sola y muy divulgada palabra: nazismo”. (…)
“Éste (Carlyle), en 1843, escribió que la democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”. (…)
“…Anheló un mundo que no fuera "el caos provisto de urnas electorales", ponderó el odio, ponderó la pena de muerte, abominó de la abolición de la esclavitud, propuso la conversión de las estatuas —"horrendos solecismos de bronce"— en útiles bañaderas de bronce, declaró que un judío torturado era preferible a un judío millonario, dijo que toda sociedad que no ha muerto, o que no se apresura hacia la muerte, es una jerarquía, justificó a Bismarck; veneró, y acaso inventó, la Raza Germánica”.
Sin llegar tan lejos, la primera frase de la última cita nos recuerda la definición borgiana de “democracia”: “Un abuso de la estadística”.
Como corolario a esta nota, Borges cuenta que el escocés Carlyle encontró en el americano Ralph Emerson a un seguidor, que a su vez deriva su corriente de pensamiento en algo llamado monismo.
No vamos a buscar la definición de diccionario para este término, prefiero verter lo que el propio Borges dice al respecto:
“Nuestro destino es trágico porque somos, irreparablemente, individuos, coartados por el tiempo y por el espacio; nada, por consiguiente, hay más lisonjero que una fe que elimina las circunstancias y que declara que todo hombre es todos los hombres y que no hay nadie que no sea el universo. Quienes profesan tal doctrina suelen ser hombres desdichados o indiferentes, ávidos de anularse en el cosmos; Emerson era, pese a una afección pulmonar, instintivamente feliz”.
Valga para los seguidores de Depak Chopra y demás gurúes de la nueva era. La New Age como continuidad del nazismo.