miércoles, 25 de julio de 2012

La revista Humo(r) y Jorge Garayoa


En 1978, año del mundial de fútbol en Argentina, a dos años del golpe de Estado perpetrado por lo que fue la más nefasta dictadura cívico-militar en nuestro país, había muy poco que un adolescente pudiera hacer por desarrollar líneas de pensamiento importantes, al menos interesantes, hacerse de una visión filosófica de la vida, de la realidad y del mundo, de sí mismo, siendo que todo o el mejor material que pudiera servir como herramienta para ello –libros, películas, discos– estaba prohibido.
En aquel entonces, con 14 años de edad, yo me volaba la cabeza leyendo a Jorge Luis Borges, apenas entendiéndolo de manera racional, pero descubriendo e intuyendo todo un cosmos de posibilidades filosóficas y dialécticas que me permitían vislumbrar el potencial cosmogónico de las posibilidades imaginativas y especulativas que puede conllevar el ser humano. Para decirlo más simplemente, a los 14 años de edad yo quería saber pensar como Borges.
Había muy poco en aquella época que un chico de esa edad pudiera hacer al respecto, vuelvo a decir. Yo me las arreglaba además leyendo cada título de la colección de ciencia ficción y fantasía de la Editorial Minotauro, autores tales como Ray Bradbury, Brian Aldiss, Olaf Stapledon; luego, escuchaba los discos de Serú Girán y Jade, las bandas respectivas entonces de Charly García y Luis Spinetta; había poco más, León Gieco, por caso, pero lo sublime en posibilidades de pensamiento, de imaginación y especulación estaba en aquellos primeros nombres que he dado. A mí no me alcanzaba con León Gieco, quiero decir.
Julio Cortázar estaba prohibido, no creo haber empezado a leerle sino hacia 1983, hacia el final de la dictadura. Para colmo de males soy hijo de un policía golpista, ya bastante trabajo me daba meter un disco de los Beatles a mi casa.
Pero en aquellos días o meses cercanos al mundial de fútbol, poco antes o después, ahora no recuerdo, aparece de pronto en los puestos de diarios una nueva revista, Humor Registrado, Humor ®, o como mejor llegara pronto a popularizarse, simplemente, “la Humor”.
Se trataba del derivado de otra revista, Satiricón, que unos cinco años antes, durante el último gobierno de Perón –o ya el de su esposa, no recuerdo– había salido a la venta para desaparecer, creo, poco antes del golpe. A los diez años de edad, en alguna parte yo había visto una vez un número de esta revista, y recuerdo que por primera vez en mi vida fue allí que vi una “mala palabra”, una grosería, impresa y publicada, era la palabra “mierda”. Tengo una anécdota al respecto. Hasta entonces yo no sabía ni que las malas palabras pudieran escribirse. Fue tan portentoso mi descubrimiento entonces que no pude evitar tomar una hoja en blanco y llenarla de groserías. Lo terrible fue cuando mis padres la descubrieron, por poco me llevan a hacer terapia.
La revista Humor, como su predecesora, presentaba un conjunto de historietas y de notas periodísticas, algún reportaje, algunas secciones fijas, como el título lo indica, siempre desde un punto de vista humorístico. He leído por ahí que comenzó con un estilo de humor más bien costumbrista, y que luego se habría ido politizando con el correr de los años. Si bien yo comencé a leerla desde los primeros números, es algo que no recuerdo. Para mí Humor siempre fue política y costumbrista.
Con los años la revista (y la editorial que la publicaba, La Urraca) fueron creciendo, la revista pasó de mensual a quincenal, cambió el staff, aparecieron otras publicaciones derivadas de la primera, pero yo ahora es de aquellos primeros años que quiero referirme.
Entre las historietas que se publicaban estaba La Clínica del Doctor Cureta, de Ceo y Meiji, el formidable Boogie, el Aceitoso, de Roberto Fontanarrosa, y la antológica Las Puertitas del Sr. López, de Carlos Trillo y Horacio Altuna.
Luego, entre sus columnistas, estaban Alejandro Dolina, Juan Sasturain, Carlos Abrevaya, Hugo Paredero, entre otros. Y también estaba Jorge Garayoa.
Entre estos, los redactores, los había quienes ya tenían algún grado de reconocimiento público, y los que recién empezaban –por caso, Dolina y Garayoa– pero antes de continuar, me gustaría contarles cómo fue que yo llegué a la lectura de esta revista.
Tuvo una gran repercusión apenas salió y, como ya dije, mi padre era golpista, así que a mí no me iba a ser fácilmente permitido comprar semejante publicación. Pero a media cuadra de mi casa tenía a un vecino y amigo de mi edad, Marcos, cuya familia sí la comparaba. Íbamos cada mañana juntos al colegio, y un día él me contó que en su casa habían empezado a comprarla. Quedamos que después del mediodía iría a su casa, a leerla juntos.
A partir de entonces construimos la mística de sentarnos en el patio de su casa, hiciera frío o lloviese, a leer la revista cada vez que salía un nuevo número. La leíamos completamente pero nunca lo hacíamos de manera secuenciada, lineal, sino que primero íbamos a nuestras secciones favoritas, que por casualidad eran las mismas para los dos.
Lo que más nos gustaba de la revista, recuerdo, era la historieta de Las Puertitas del Sr. López, y las columnas de Jorge Garayoa, que si mal no recuerdo siempre estaban éstas en las primeras páginas. La revista era bastante pareja me parece en cuanto a extensión y presentación de los textos, de los más consagrados y por entonces los menos conocidos. Las columnas de artículos presentaban una pequeña foto del autor sobre la firma.
Recuerdo entonces que Garayoa era nuestro favorito, incluso en contra de Dolina, a quien le teníamos alguna suerte de aversión, porque mientras que el primero ya en su foto aparecía sonriente y campechano, además de por sus textos siempre coloquiales sobre los temas más cotidianos, Dolina ya aparecía en su foto en pose y en sus textos con las primeras improntas de lo que luego serían sus Crónicas del Ángel Gris, algo que nos parecía por demás de pretensioso.
Con Garayoa, a mí particularmente me pasó algo parecido a aquello respecto de la Satiricón y la posibilidad de escribir insultos y groserías. Con Garayoa yo aprendí que se podía escribir con humor y desde el humor. Fue mi primer acercamiento al texto humorístico per se, con ese único motivo que tiene el reírnos de nosotros mismos y de la realidad cotidiana en la que estamos inmersos.
Hoy yo sigo escribiendo mis cosas, algo que desde siempre he hecho, tengo mis libros publicados, y sin llegar a considerarme un humorista, el humor como herramienta y punto de vista filosófico siempre está presente en cada cosa que hago. Yo no puedo medir qué grado de influencia podrá haber en mi escritura, de Borges, de aquellos autores de la Editorial Minotauro, o de Jorge Garayoa. Pero lo cierto es que yo no sabía que el texto humorístico existía, hasta no arribar a sus columnas.
Por sobre todas las cosas, qué difícil hubiera sido mi adolescencia sin Borges, sin Charly, sin Spinetta y sin Jorge Garayoa. Había más autores muy buenos, pero a mí no me alcanzaban. Yo necesitaba a estos. A Julio Cortázar, un genio del texto humorístico, recién llegué a leerlo en 1983, hasta entonces estaba prohibido, y no hubiera sido lo mismo sin leer primero a Garayoa.
Un día Jorge desapareció de la revista Humor, de un número para el otro y sin decir agua va; no recuerdo que nadie lo despidiera, quizás me equivoco. Fue toda una frustración para Marcos y para mí un día abrir la revista y no encontrar su columna. Para nosotros, la revista Humor ya no volvió a ser lo mismo.
Salpicadamente, en los años que siguieron fui sabiendo pocas cosas de él, que escribió el guión de la película sobre el Doctor Cureta, que aparecía alguno de sus libros, pero un día llegué a olvidarme de Jorge.
A los 47 años de edad vuelvo a reencontrarlo en Facebook, tan sonriente y campechano como la primera vez, publicando sus textos sólidos, ahora más maduros, y su versión remozada de Los Insufribles
Yo no sé si un escritor puede alguna vez llegar a saber su alcance, lo que puede llegar a representar en uno o varios de sus lectores, a menos que se produzca un encuentro como éste.
Gracias, Jorge Garayoa, por vos mi vida fue mucho más fácil.