sábado, 26 de noviembre de 2011

Tarot y Alquimia: "La Estrella", "La Luna" y "El Sol"


Luego de la caída que representa "La Torre" tras su acercamiento a "El Diablo", al iniciado no le resta más que esperar a que la naturaleza haga su trabajo.


Iniciada la tercera fase de la Obra Alquímica, la así denominada “Obra al Rojo”, luego de haber logrado todas las victorias posibles y la conquista plena de sus partes más luminosas, el iniciado se encuentra con “El Diablo” (arcano XV), que representa a su ego, a su “Sombra”, desde el punto de vista de la psicología jungiana.
Aquí el iniciado alcanza a tomar una plena consciencia de su ego, de sus características y alcances, lo que le provoca “la caída” desde lo alto de “La Torre” (arcano XVI).

 

“La Torre”

 

Repasemos el significado de esta carta. Representa lo mismo que cuando cotidianamente pensamos o decimos de alguien “que se cayó de lo alto de su ego”. La torre de esta figura es el “pedestal” al cual nos subimos, debido a la sobrevaluación que hacemos de nuestras virtudes, a partir de nuestras victorias y logros en la vida.
El iniciado no está exento de este defecto, y no es hasta encontrarse “cara a cara” con su propio diablo interno hasta que toma consciencia de esta situación, y “cae” desde la altura de su ego.
Vemos en la carta que la torre es destruida por un rayo proveniente del cielo. Es Dios “que castiga” al soberbio, destruyendo su fortaleza de vanidad y echándolo de cabeza por tierra.

 

“Dios no juega a los dados” (Albert Einstein)

 

Dios no juega a los dados, dijo alguna vez Albert Einstein, intentando “deshumanizar” la idea que socialmente nos hemos armado acerca de Dios, la de un ser de ánimo variable, que premia y castiga. Somos los humanos quienes jugamos a los dados, quienes premiamos y castigamos, no Dios.
Mejor pensar que ese rayo que en la figura derriba a la torre, se trata del Karma. Pero los occidentales también tenemos el prejuicio de pensar que esto es también una especie de sistema de premio o castigo, un sentido de justicia, desde un punto de vista demasiado humanista.
El Karma, debería entenderse, no hace juicio moral alguno, es solo una ley de compensación, que actúa sobre todas las cosas.
La lógica vergüenza que obnubila al iniciado detrás de su caída, sin embargo, no importa mal comportamiento alguno. En la bitácora del viaje iniciático, por decirlo de una manera poética, estaba escrito que debía pasar por este predicamento.
Todos los viejos tratados de alquimia hablan de esta fase de la obra y de este período a vivir por el iniciado, como el más difícil, el más doloroso, en el cual, desanimados, la mayoría de los adeptos terminan por abandonar el largo trabajo hasta aquí emprendido. Le llaman a esta época “El Régimen de Saturno”.

 

El Régimen de Saturno

 

Se toma a este planeta por asociación con su influencia astrológica y por el simbolismo que encierra su mito. Pensemos en Cronos, la versión griega de Saturno, el dios que devoraba a sus hijos. Es larga la especulación que en la materia se ofrece a través de su extensa bibliografía, y se podrían hacer muchísimas disquisiciones filosóficas al respecto, como por cierto se han hecho.
Luego de la caída, el iniciado queda yacente, agónico, desanimado, avergonzado, sin fuerzas. Su sentimiento es de que ya todo se ha perdido, lo que de positivo pudiera haber logrado hasta aquí, que el trabajo se halla malogrado, que los dioses lo han abandonado, y que no tiene esperanzas. A esto se le llama en alquimia “el régimen de Saturno”, también llamado período de “mortificación” y de “putrefacción”.
A la alquimia la rige por entero el lema de “solve et coagula” (“disuelve y coagula”) todas las partes del compuesto, para lograr su purificación.

 

“La Estrella”, “La Luna” y “El Sol”

 

El iniciado ya ha realizado todos los esfuerzos conscientes que tenía por hacer, ya no le queda ninguno por lograr.
Recordemos lo que ya dijimos en el artículo referido a “El Colgado”, acerca de que la explicación del desarrollo de todo fenómeno, desde el punto de vista de la alquimia, es análoga al de la escala musical (Ley de Siete). Allí dijimos que los semitonos entre las notas Mi y Fa y La y Si, no se dan por añadidura, sino que hay que provocarlos, lo que en la analogía alquímica significa realizar “esfuerzos conscientes”.
También dijimos que, sin embargo, para el semitono comprendidos entre Si y el Do de la nueva escala, no había esfuerzo alguno que hacer, que este sí se da por añadidura.
En esta situación es entonces que se encuentra ahora nuestro iniciado, sintiendo que ya no le queda nada que hacer, y es que realmente ya no le queda nada que hacer.
Ahora debe esperar a que las fuerzas de la naturaleza hagan su trabajo, que lo harán en base a lo hasta aquí ha sido realizado por él, por lo que pronto verá que nada de lo transitado ha sido en vano; nada se perdió, sino todo lo contrario.
Aquí, estas fuerzas de la naturaleza están representadas por las cartas de “La Estrella”, “La Luna” y “El Sol”, arcanos XVII, XVIII y XIX, respectivamente, que operan de forma simultánea, y representan cada una a los principios activos (“El Sol”), pasivo (“La Luna”) y neutro (“La Estrella”), siendo que, como ya se dijo también, en alquimia se cree que todos los elementos y fenómenos están compuestos o integrados por estos tres principios (Ley de Tres).
Si bien trabajan de manera simultánea, la carta de “El Sol” es la última en aparecer en esta serie de tres, seguramente porque el iniciado es, a la participación del principio activo, a la última que puede llegar a percibir en sus efectos.
Pronto el iniciado experimentará “la resurrección de entre los muertos”, aquello que le representa el arcano XX, la carta de “El Juicio”.