martes, 29 de noviembre de 2011

Sobre lo bello y lo siniestro


En su libro "Lo Bello y lo Siniestro", Eugenio Trías hace un análisis emparentado con lo dicho por Carl Jung, acerca de lo apolíneo y lo dionisíaco.


Cuando Carl Gustav Jung trata el tema de de lo apolíneo y de lo dionisíaco, apenas si hace mención al aspecto de “la belleza de lo feo” (en sus propias palabras), que de algún modo, especulativamente o no, sería característica de lo dionisíaco.
Y cuando se da un paso más adelante en esta especulación, y llegamos a la asociación de belleza como sinónimo de lo bueno; por ende, de fealdad, como sinónimo de lo malo, entramos en el pantanoso y peligroso terreno de, entonces, y por analogía, determinar que así lo dionisíaco, la música, lo natural, lo instintivo, el tipo psicológico extravertido y hasta Aristóteles, todos por naturaleza son malos.
La Iglesia Católica ha sabido capitalizar esta posibilidad, como ninguna, diseñando una figura del mal (Satanás) tan pero tan parecida a Dionisos, en la cornamenta y las patas de cabra, al menos. De un modo eminentemente laico, ni que hablar hay del gran negociado que hoy representan las cirugías estéticas.
  

‘Lo Bello y lo Siniestro’, por Eugenio Trías


Del mismo modo que Carl Jung sostiene todo su libro Tipos Psicológicos en una cita de Heine, lo mismo hace el filósofo español contemporáneo Eugenio Trías, para su libro Lo Bello y lo Siniestro, solo que acá él se basa en dos citas que hace, una de Rilke, otra de Schelling, las cuales se complementan.
Rilke dice: “Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”; Schelling: “Lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”. Con esto, Trías explica que lo siniestro, lo feo, es el límite y condiciona a la belleza; la belleza termina allí donde la fealdad comienza, y agrega: “no puede darse efecto estético sin que lo siniestro esté, de alguna manera, presente en la obra artística”. Algo de lo que tanto abusan los productores de películas de terror, de hoy en día, y que, precisamente, no funciona, porque lo siniestro debe estar velado, solo sugerido, casi ausente en la obra, al menos libre de la percepción directa. Cuando en la película de terror la escena es visceral, escatológica, desaparece el hecho artístico. También es cierto que lo que era repugnante en una época no lo es en otra, y que el hecho estético entonces es plausible de ser rescatado después de un tiempo. Pensemos nada más en el Frankenstein de Boris Karloff.
De otra manera, como lo dice Novalis (cita Trías): “El caos debe resplandecer en el poema bajo el velo incondicional del orden”.

 

De lo bello a lo sublime

 

Para el platonismo y neoplatonismo el concepto de belleza armonía y justa proporción, es decir, límite. De este modo, lo infinito, lo eterno y lo indeterminado, eran, en la categoría de lo estético, feos.
“No es posible, en este contexto, explicar el modo histórico mediante el cual, difícilmente, va imponiéndose la ecuación más antagónica a la entraña espiritual griega, la que postula la identidad de infinitud y perfección”, dice Trías.
Incluso esto es así hasta el siglo XVIII, que se impone el concepto de “infinito positivo”, primero, desde ya, postulado por la Iglesia, y que luego retomará Kant – que luego desarrollarán los artistas del romanticismo – para inaugurar la nueva categoría de lo “sublime”, algo que revolucionará por completo todo el aspecto de la estética. Lo sublime es “la extensión de la estética más allá de la categoría limitativa y formal de lo bello”, en palabras de Trías.
El siglo XVIII fue un siglo de “las luces”, “enamorado secretamente de las sombras”, dice Trías.
Sin que el filósofo español lo especule así, es posible que el nuevo concepto de “lo sublime” vuelva a presentar la dicotomía, o se dicotomice a sí mismo, en la percepción o intuición de insignificancia física ante el objeto, frente a la propia superioridad moral, respecto de él. La tormenta eléctrica en medio del descampado por la noche es desproporcionada, sublime, y el hombre se halla físicamente a su merced, pero su superioridad racional es superior a la de la tormenta.
Así, ante lo sublime el proceso mental, dice Trías, experimenta cinco etapas:
  1. Aprehensión de algo grandioso que sugiere la idea de lo informa, indefinido, caótico e ilimitado.
  2. Suspensión del ánimo y consiguiente sentimiento doloroso de angustia y de temor.
  3. Conciencia de nuestra insignificancia frente a esa magnitud inconmensurable.
  4. Reacción al dolor mediante un sentimiento de placer, resultante de la aprehensión de la forma informe por medio de una idea de la razón (Infinito de la naturaleza, del alma, de Dios).
  5. Mediación cumplida entre espíritu y naturaleza en virtud de la sensibilización de la infinitud. A través del gozoso sentimiento de lo sublime el infinito se hace finito, la idea se hace carne, los dualismos entre razón y sensibilidad, moralidad e instinto, númeno y fenómeno quedan superados en una síntesis unitaria.
Y en este último punto entra en juego el aspecto religioso de todo este problema; de otra manera el punto anterior referiría a alguna clase de perversión.
Según Kant, parece, para que no se trate de una perversión, el objeto debe ser observado “desinteresadamente” y a la distancia, como requisito. En todo caso, ese “desinterés” es el desapego del que hablan las tradiciones, especialmente las orientales.

 

De lo sublime a lo siniestro

 

Pero es imposible que yendo de lo bello a lo sublime, el próximo paso no sea de este a lo siniestro, porque es posible que luego de aceptar el fenómeno de Dios como hecho estético, luego su imagen se nos presente terrible.
Según Freud lo siniestro siempre está emparentado con cosas cotidianas y conocidas; es cuando descubrimos la fealdad y el espanto de las cosas habituales; de este modo, alguien podría descubrir que Dios tiene la cara de su propio padre – algo que, por bello que el hombre fuera, constituiría de por sí en un espanto –
Para que lo habitual se vuelva siniestro hay que agregarle algo, o debe cambiar la percepción del observante. Volviendo a Rilke, lo siniestro es descubrir el límite de lo bello de las cosas cotidianas.
De otro modo, para las religiones orientales, por ejemplo, lo sublime no existe; se incurre deliberadamente en un error al consumar la obra, para no ofender a los dioses.