martes, 29 de noviembre de 2011

Sobre lo apolíneo y lo dionisíaco


El estudio de Carl Gustav Jung sobre Federico Nietzsche, y sus preocupaciones acerca de estas dos tendencias estéticas antagónicas; el trasfondo religioso.


Dice Carl Gustav Jung en su libro Tipos Psicológicos, que Nietzsche desarrolla el estudio comenzado por Schiller, en torno al origen de la tragedia griega.
Aquella diatriba humana eterna entre los ulteriores platónicos y aristotélicos, que divididos según Jung, constituyen las dos tipologías básicas respecto de perfiles psicológicos, respectivamente, la de los introvertidos y los extravertidos, que análogamente se refleja y replica a la problemática del hombre actual, se halla en el origen de las tragedias griegas, como se ha dicho, reflejado y replicado en las tendencias estéticas apolíneas y/o dionisíacas.

 

La escultura es apolínea; la música, dionisíaca

 

Según Nietzsche, la escultura es el arte apolíneo por definición, mientras que la música lo es dionisíaco. Respondiendo a la tendencia introvertida, la escultura tiene su centro de gravedad en el hombre-creador, mientras que la música lo tiene en la obra, siendo aún que el creador aquí queda incorporado en la obra. La escultura es cultura, mientras que la música es naturaleza, porque la escultura provoca ensoñación (“visión íntima”), mientras que la música provoca embriaguez de los sentidos. En la ensoñación, en la introversión, la reflexión interna, la autobservación, la escultura, lo apolíneo, pone el foco en la individuación, mientras que la música, el arte dionisíaco, en la embriaguez disuelve toda posibilidad de individuación, en los instintos. De este modo, la estética apolínea promueve la idea por encima del objeto, al revés que lo que hace la estética dionisíaca, de lo que derivará, de la primera, el tipo intuitivo; de la segunda, el tipo perceptivo.

 

El error de Nietzsche en la búsqueda de una fórmula compensadora

 

Jung dice que Nietzsche yerra por años en esto, al reducir el problema a una cuestión estética, cuando nunca dejó de ser – señala el psicólogo – un problema religioso, dado que desde los orígenes del arte, en la Antigua Grecia, este siempre tuvo un sustrato religioso. Algo con lo que concuerda George Gurdjieff, en su libro Relatos de Belcebú a su Nieto, al decir que en la antigüedad todo el arte siempre tuvo una motivación religiosa; no existía el arte “laico”, por así decir, como mera expresión estética, sino que el arte era de exclusivo dominio de los sacerdotes.
Nietzsche al principio piensa que las tendencias apolíneas y dionisíacas se compensan en la consciencia del griego civilizado. No obstante, Jung advierte que “existe siempre una relación compensadora entre la religión de un pueblo y su verdadera conducta vital, pues de otra manera no tendría ninguna finalidad práctica la religión”. Esto, continúa el autor, se sostiene hasta la actualidad, en que en un mundo cristiano (“religión de amor”) se asiste a las peores carnicerías en guerras que ha dado la historia, porque como bien dice también “las fuerzas instintivas representadas en el hombre civilizado son enormemente destructoras y son mucho más peligrosas que los instintos del primitivo que vive continuamente sus instintos negativos en modesta medida”, tratando de la gran represión que experimenta el hombre civilizado.

 

La transformación de Nietzsche y su derrotero a la locura

 

Pero esto dicho en el último párrafo no es advertido por el filósofo, que se inició en estos pensamientos influenciado por Schiller y Schopenhauer, es decir, según el tipo introvertido, reduciéndolo todo a una mera cuestión estética. “De este modo lo feo es “bello” también…”, dice Jung, y continúa: “Lo repugnante, incluso el mismo mal, brillan, apetecibles, al engañoso resplandor de lo bello-estético”, una limitación del enfoque del problema, que redunda hasta en el arte de nuestros días.
Pero “las fiestas sátiro-dionisíacas eran según toda analogía una especie de fiestas totémicas con retroidentificación con antepasados míticos, o directamente con el animal totémico”, es decir, Nietzsche pasaba por alto el aspecto religioso de la cuestión.
Pero como dice Jung, no es el mismo Nietzsche el que escribe el temprano El Nacimiento de la Tragedia, al maduro filósofo del Así Habló Zarathustra, y a la cuestión sobre nuestro tema principal le dedicó la vida. Nietzsche comienza su obra como un completo introvertido, y la culmina del todo extravertido; Zarathustra es una obra completamente dionisiaca, y Jung dice que Nietzsche por fin arriba a una aproximación bastante objetiva de la realidad, al escribir por fin que tal compensación en la cultura griega se había producido “por un portentoso acto metafísico de la voluntad helénica”.
Y dice Jung que utiliza la palabra “voluntad”, así, entre comillas, referenciando así al aspecto metafísico de la voluntad; “metafísico” como sinónimo de “inconsciente”, y hablando de “portento”, es decir, de algo irracional, dionisíaco.
Lamentablemente, a poco de llegar a estas conclusiones, Nietzsche enfermó. Continuó escribiendo, no obstante, sin embargo, todos sus manuscritos de la época de locura fueron destruidos, como alguna rara forma de compasión.