viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Qué es el esoterismo religioso?


El esoterismo religioso es el intento de algunas escuelas, de develar contenidos ocultos en los libros sagrados


El esoterismo religioso es la creencia que sostiene cualquier escuela o disciplina esotérica, acerca de cuestiones psicológicas que se esconden detrás o dentro de los diferentes relatos que componen a una religión determinada.

El esoterismo religioso en el Cristianismo

 

“Os hablo en parábolas, porque viendo no veis ni oyendo escuchareis”, decía Jesús, y es en esas parábolas (como en las fábulas y en las metáforas) que se esconde el relato de una realidad psicológica, de manera velada, analógica, hasta quizás críptica.
Desde esta perspectiva entonces se puede decir que el Cristianismo es una religión eminentemente esotérica.

 

Los sentidos interno y externo de las Sagradas Escrituras

 

“Todas las escrituras sagradas tienen un sentido interno y otro externo”, dice Maurice Nicoll, en su libro El Nuevo Hombre. Vale decir, que cualquier lector de estas puede quedarse con el sentido literal de lo que en los textos se dice, o buscar un sentido metafórico, una verdad oculta.
“Muchos de los relatos del Antiguo Testamento proporcionan un conocimiento diferente, tienen un significado muy distinto de aquel que se puede obtener leyéndolos al pie de la letra. Relatos como el del Arca de Noé, el del mayordomo y del panadero del Faraón, el de la Torre de Babel, el de Jacob y Esaú y el guisado de lentejas, y muchos otros más, tienen un significado psicológico interno que está muy lejos del nivel de un entendimiento literal. Y en los Evangelios la parábola se utiliza de la misma manera”, dice Nicoll en su libro.

 

La idea de la tentación en el Evangelio

 

Antes de iniciar su campaña evangelizadora, se dice que Jesús marchó al desierto, y que allí fue tentado por el diablo, tres veces. No se dice a qué fue Jesús al desierto, ¿fue nada más que a ser tentado por el diablo?; parece que sí, el más claro de entre los Apóstoles, al respecto, Mateo, dice: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (Mateo 4:1).
Tampoco sabemos si Jesús hubiera ido allí de motu propio, de no ser conducido por el Espíritu.
Lo cierto es que el desierto es el lugar donde no puede haber distracciones, porque en ese lugar todo es igual, donde se dan las mejores condiciones, si alguien quiere enfrentarse a sus propias tentaciones.
Todo el mundo sufre tentaciones, a diario, casi a cada momento. La tentación es una lucha interior, entre el deseo de hacer algo que no está bien y la voluntad de no hacerlo.
La tentación no es ajena a la realidad interna de Jesús, por más que se la adjudique al diablo. De otro modo se hablaría de soborno y de desafío, no de tentación.
Nadie puede “tentarnos”, alguien nos ofrece un soborno, nos desafía, pero la tentación es de cada uno.
Jesús vence a la propia tentación, y sale del desierto y emprende su magisterio. Pero Lucas dice: “Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó de él por un tiempo” (Lucas 4:14). Por un tiempo, dice, lo cual sugiere que después regresó. ¿Jesús habría sufrido más tentaciones?.

 

La traición de Judas

 

La traición de Judas constituye uno de los misterios más oscuros de toda la historia evangélica. Jesús eligió al Iscariote, junto a los otros doce discípulos. En la última cena les advierte que uno de ellos lo traicionará, y les especifica quién “…el que conmigo su mano al mismo plato llevare…”, les dice; ¿cómo es entonces, que sabiendo el supuesto traicionado, la acción de Judas constituye una traición?
También Pedro lo niega tres veces (“Pedro negó a Cristo tres veces, o sea que lo negó por completo”, advierte Nicoll), sin embargo, en ninguna parte se dice que eso también constituya una traición, ni que Jesús también lo hubiera advertido; incluso luego le encomienda su Iglesia.
Jesús debía ser el Cristo, lo que constituía una misión, y parte de esa misión era ser traicionado y negado tres veces, algo que a todas luces es evidente Jesús sabía de antemano. Sin embargo Judas se arrepiente y, lleno de remordimientos, se ahorca; evidentemente, no estaba advertido que era parte de un complot.
Incluso, Nicoll se pregunta si en aquel dicho de Jesús durante la última cena, en realidad, Judas no estaba recibiendo instrucciones de parte de él. De hecho, lo estaba acusando y él no parece inmutarse, incluso, se muestra beneplácito al llevar aún su mano al mismo plato. “Lo que hagas, hazlo pronto”, le dice el maestro a su discípulo.
Evidentemente, todo este relato constituye un símbolo que no puede ser interpretado de manera ordinaria, para aplicar a nada ordinario. La misión de Cristo era la de asumir los pecados del mundo, incluidos los de Pedro y Judas (lo que recuerda las palabras de Umberto Eco, en El Péndulo de Foucault, cuando dice: "Para volver a reunir al rebaño de Dios, habrá que contar con todos"). Hasta entonces, los judíos habían estado usando chivos expiatorios a sacrificar, para agrado de Dios. Sería que con los chivos ya no alcanzaba, ahora hacía falta un hombre.