viernes, 25 de noviembre de 2011

La sociedad y sus "chivos expiatorios"


La figura del "chivo expiatorio" se remonta desde las primeras civilizaciones y llega hasta la actualidad, en la relación con los ídolos populares.


Desde el comienzo de la humanidad, la mayoría de las culturas de diferentes civilizaciones han tenido la necesidad de expiar sus sentimientos de culpa, su necesidad de agradar al dios o a los dioses, o ambas cosas a la vez, a través del sacrificio, cuando no humano, el de algún animal consagrado.
De esta tradición remota proviene la figura del “chivo expiatorio”, dado que eran carneros los que en la tradición judaica se sacrificaban.
En la actualidad, aún se suele utilizar esa frase, adjudicándosela a aquellos a quienes dentro de un grupo se decide hacerles pagar o sufrir, de alguna forma, las consecuencias de actos no permitidos o no bien vistos en el consenso, cometidos de todos modos por el mismo grupo.

 

El sacrificio de uno en beneficio de todos, en la versión del cristianismo

 

Jesús habría venido al mundo a ser el Cristo, es decir, a sacrificarse muriendo en la cruz, para limpiar los pecados del mismo. Es lo que dice al menos el dogma de la fe católica.
Es decir, Jesús vino a reemplazar al carnero, o al chivo expiatorio. Un antecedente de lo mismo se encuentra en la historia de Abraham, cuando Jehová lo tienta a sacrificar a su propio hijo, Isaac, en lugar de al carnero.
Como se ha dicho, en otras culturas directamente se trataba de sacrificios humanos, sin “sucedáneos”, como el del sacrificio de animales.
Existen versiones de lo mismo, respecto de diferentes culturas, en que el animal tenía que ser totalmente blanco, como símbolo de pureza, o por lo contrario, su piel debía tener alguna mancha, en señal del pecado cometido, de lo que toma la figura popular de ser “la oveja negra”, de una familia o de un grupo.

 

El fenómeno social

 

La psicología estudia a este fenómeno como a una mecánica de proyección, que se opera entre los miembros de un grupo, hacia uno de sus miembros. Puede ocurrir en una familia, entre los miembros de un club, o en un grupo de trabajo. De pronto, es como si todos convinieran tácita o inconscientemente en depositar en uno del conjunto, la responsabilidad de todas sus frustraciones, desgracias y culpas.
Muchas veces dicho fenómeno conlleva la contradicción de exaltar las virtudes del referente, a la vez que de proyectar las propias culpas sobre él.
Esto es algo que suele advertirse, en el plano más extendidamente social, en relación con los ídolos populares.

 

Un “Cristo roto”

 

La mejor definición de Charly García que quizás se haya dicho fue la del músico español Joaquín Sabina, al decir de él (en el libro Say No More, de Sergio Marchi), que Charly “es un Cristo roto”. Con esa frase, Sabina alude al rol de “chivo expiatorio”, que el artista argentino, voluntariamente o no, asume en la sociedad en la que vive.
Varias veces Charly habla de la relación con su público, en algunos de sus versos más memorables, el “te amo, te odio, dame más”, por caso, del estribillo de Peperina (que, sí, rima con Argentina y mira de soslayo al Sgt. Pepper de los Beatles).
En su rock No Llores por Mí, Argentina (nada que ver con el tema central de la ópera Evita), le canta también a su propio público, y a la sociedad argentina entera, diciendo: “estás enferma de frustración, / y en tu locura no hay acuerdo; /una hiena al reír pero al almuerzo con los cerdos”. Cuando fue la presentación del tema, los jóvenes bailaban alborozados, sin parecer advertir el mensaje.
Charly García es uno de los mejores pianistas, músicos, poetas, artistas, que tiene el país. Su carrera empezó en 1972, oficialmente, y debe tener una centena de discos grabados. Sin embargo, mayormente los medios lo recuerdan por sus episodios escandalosos, de recitales malogrados, de instalaciones destruidas.
Antes de su última rehabilitación, se lo encontró con un cuadro de desnutrición, habiendo perdido parte de su dentadura, en un estado semi-demencial, abandonado a su suerte, con todos los servicios cortados por falta de pagos. De su atención se hizo cargo quien fuera su “enemigo”, en los tiempos de la música con contenido, en contra de la de entretenimiento, Ramón “Palito” Ortega.
Es que el Estado no incurre de ningún modo en abandono de personas; el Estado es una figura abstracta.
Toda la poética de Charly García, que es muy profusa, por momentos exquisitamente surrealista, siempre habló de su relación con la locura; Yo no quiero volverme tan loco, cantaba él.

 

El caso de Maradona, el “dios” argentino

 

Otro idolatrado, mucho más masiva y popularmente que Charly García, es Diego Maradona, también afectado por el flagelo de las drogas. No debe haber ocurrido nunca que el 100% del país estuviera feliz en un mismo momento, como ocurrió gracias a él.
Sin embargo, se lo ha denostado públicamente, desde los medios masivos, por toda suerte de cuestiones, por su derecho a opinar sobre política, por sus características de personalidad, por sus exabruptos, y por tantas otras cosas, aún cuando representa de manera tan determinante y distintiva, aquello (lo que sea) el “ser nacional” argentino, la “idiosincrasia” de este pueblo, desde la “picardía criolla” de meter goles con la mano a espaldas de un árbitro, hasta la habilidad y el gusto para hacer de un movimiento de gimnasia, o deportivo, un hecho artístico. Hasta quien no gusta del fútbol se conmueve con su habilidad, la que quedó plasmada en videos de archivo.
Sin embargo, Maradona, Charly García, son gente que inspira vergüenza a más de uno, como ese pariente cercano que no trabaja y no se sabe muy bien de qué vive, quién lo mantiene.
“Quien esté libre de pecados…”, siempre podrá decir un Cristo roto.