jueves, 24 de noviembre de 2011

La música de las esferas

Desde los pitagóricos, muchos intelectuales han intentado comprender una analogía entre los fenómenos que representan el universo y la música.


En su libro El Juego de Abalorios, Hermann Hesse propone un mundo hipotético y futuro (luego de alguna catástrofe, producto de alguna guerra mundial, en el siglo XX) donde la sociedad se halla dividida en dos países, como en dos órdenes, la sociedad mundana (tan trivial e ignorante como las sociedades ordinarias de hoy en día), y la sociedad de los universitarios.
Esta sociedad de universitarios se hallaría ocupando una vasta región de Europa (de manera más prominente en Alemania, seguramente), poseyendo su sede en una ciudad denominada Castalia. Sus integrantes eran discípulos seleccionados de entre las escuelas de la sociedad mundana, por sus más remarcadas aptitudes, y para consagrarse por entero al estudio de las ciencias y de las artes, de por vida, e incluso con una actitud que podría entenderse como religiosa. El abandono de aquel mundo universitario para un regreso irrecusablemente definitivo al mundo ordinario estaba contemplado, pero se mantenía vivo el precepto de castidad entre los integrantes de la sociedad de estudios.
La principal disciplina a estudiar en esta sociedad era la de la música – si bien existía la libertad de consagrarse a la ciencia o arte que se quisiera – aunque la actividad más importante era la del propio juego de abalorios. Nunca se especifica concretamente en qué consistía tal juego, aunque de su funcionalidad, sentido, evolución y reglas es que trata todo el libro (por el cual su autor obtuvo el Premio Nobel).

 

Un posible origen de la música

 

En cambio, se dice que la disciplina fundamental que mueve a todo el juego es la música (y las matemáticas). Y acerca del origen de la música, Hesse cita pasajes del capítulo sobre esta materia, de Primavera y Otoño, del chino Lue Bu We:
“Los orígenes de la música se remontan muy atrás en el tiempo. Nace ella de la medida y arraiga en el gran Uno. El gran Uno procrea los dos polos; los dos polos generan la fuerza de las tinieblas y la de la luz.
“Cuando el mundo está en paz, cuando todas las cosas están en calma, cuando todas en sus mutaciones siguen a las que les son superiores, la música se completa, se verifica. Cuando los deseos y las pasiones marchan por la ruta correcta, la música se perfecciona. La música tiene su causa. Nace del equilibrio. El equilibrio emana del derecho, el derecho surge del sentido del mundo. Por eso solo se puede hablar de música con un hombre que ha conocido el sentido del mundo”.

 

La relación música-mundo, según los pitagóricos y según Gurdjieff

 

La idea de la estructura del universo en concomitancia con la de la música surge, hasta donde se sabe, en Pitágoras, y se transfiere hasta en los tratados de Alquimia de principios del siglo XX.
Existe la idea del Rayo de Creación, tal como se recrea en las enseñanzas de Gurdjieff, que sirve a la explicación del origen del universo, y que el Rayo Paralelo (secundario) al que pertenece el hombre, surge en el Absoluto y culmina en la luna, nuestro satélite (es decir, en nuestro Rayo de Creación particular, nos hallamos en el penúltimo estadio de evolución, si es que todo evoluciona hacia el Uno).

 

La idea de Olaf Stapledon

 

En su novela Hacedor de Estrellas, Stapledon da su versión de lo mismo, al decir que un Dios evolutivo desde un propio posible nacimiento, creó el universo en tres cosmos diferenciados, en también diferentes períodos de su propio desarrollo, a los que luego integró.
“El primer cosmos apareció en mi sueño como algo sorprendentemente simple. El Hacedor de Estrellas niño, atormentado – así me pareció a mí – por su potencia inexpresada, concibió y objetivó en sí mismo dos cualidades. Con ellas creó el primer cosmos, un ritmo temporal, compuesto de sonido y silencio. De este primer ritmo sonoro, premonitorio de mil creaciones, desarrolló con un celo infantil pero divino, una música vacilante, de cambiante complejidad”.
Y sobre los dos cosmos subsiguientes dice:
“Los temas musicales comenzaron a ordenarse de acuerdo con cánones ajenos a los dictados por el Hacedor. Me pareció que el Hacedor los observaba con intenso interés, y que esos temas lo impulsaron a nuevas concepciones, que las criaturas eran incapaces de realizar. Decidió entonces dar por terminado este cosmos, pero de un modo nuevo, y dispuso que el último estado del cosmos fuera una fase que llevaba inmediatamente al primero. El final quedó así atado al comienzo de modo que el tiempo cósmico formaba ahora un círculo infinito. Luego de considerar esta obra desde afuera, desde su propio tiempo, la hizo a un lado y meditó en una nueva creación.
“Para el cosmos siguiente, el Hacedor proyectó conscientemente algo de su propio conocimiento y voluntad, ordenando que ciertas estructuras y ritmos fuesen los cuerpos visibles de mentes perceptivas”.
Luego habla de las “criaturas tonales o musicales” que poblaban esos cosmos:
"Algunos en verdad vivían devorando a sus semejantes, pues los más complejos necesitaban integrar a sus propias estructuras vitales las estructuras más simples que fluían directamente del poder creador del Hacedor de Estrellas. Las criaturas inteligentes manejaban así para sus propios fines elementos arrancados del ambiente tonal fijo, construyendo artefactos de estructura tonal...”.
Finalmente, en su creación madura, nos habla del último cosmos compuesto por Dios:
“Fue como el último movimiento de una sinfonía, que puede abarcar, por la significación de sus temas, la esencia de los primeros movimientos, y muchos otros más”.

 

Resumen

 

Todas estas versiones apuntan en común a una visión del universo, como de estructura musical, de la manera en que pueden entrecruzarse diferentes escalas a través de la armonía, para completar acordes de unicidad, como nodos, como fenómenos.
Una manera de entender al universo como a una verdadera sinfonía.