jueves, 24 de noviembre de 2011

Fulcanelli, el último alquimista

Con una calidad extraña al género, reconocido por intelectuales de gran jerarquía, Fulcanelli es uno de los mayores misterios de la cultura del siglo XX.


Alguien que daba en firmar sus escritos como “Fulcanelli”, a secas, publicó dos libros, El Misterio de las Catedrales, en 1925, y Las Moradas Filosofales, en 1929, en París, y jamás volvió a saberse de él, si es que dichas ediciones significan algo respecto de conocerle más que por lo que escribió, se quiere decir.
Se destaca que Fulcanelli fue reconocido y referenciado por Umberto Eco, en El Péndulo de Foucault, y por Ernesto Sábato, en Abbadón, el Exterminador.

 

Eugène Canseliet, la “cara” de Fulcanelli

 

Eugène Canseliet sería quien escribiera los prólogos a dichas obras -discípulo de Fulcanelli, el tema era la alquimia- e intermediario por él ante el editor que iba a publicarle, Jean-Jacques Pauvert. La primera edición en francés, al menos, iba acompañada de ilustraciones de Julien Champagne, quien habría conocido a Fulcanelli en 1915.
Ya en el prólogo de la primera edición de El Misterio… Canseliet avisa que Fulcanelli no se halla por entonces en el mundo de los vivos, por lo menos, no de éste.
Del aspecto particular y personal de Fulcanelli, hace solo una somera y misteriosa descripción física en el prólogo a la segunda edición de Las Moradas…: “…Comentaba entonces el maestro, con su grave y noble rostro cubierto por sus largos cabellos grises e inclinado sobre nuestro hombro…”.
Han sido numerosos los estudiosos del así llamado “Misterio Fulcanelli”, y no faltaría quien asegurara que el alquimista y su discípulo, Canseliet, eran una misma persona, cuestión que el último negó absolutamente, y estando en su tiempo Champagne, como testigo de ello.
Lo último sobre Canseliet que se llega a saber públicamente es que vivía en Barcelona, al menos, en 1973. Habría fallecido en 1982.


El Misterio de las Catedrales


Este libro habría sido escrito tres años antes de su aparición, según dice Canseliet en el prólogo a la segunda edición.
En un volumen medio, con un lenguaje profuso y abigarrado, que por momentos roza lo poético (la edición española, de Plaza & Janés, con la traducción a cargo de Vicente Villacampa, mantiene todo el brillo y la delicadeza del original), Fulcanelli realiza como cuerpo de esquema de próximos discursos referentes a temas diversos, una descripción detallada de la estatuaria, carpintería, y especialmente, arquitectura de fachadas, frontispicios, bajorrelieves y vitrales, de las catedrales de París, Amiens y Bourges, una por cada capítulo, más un apéndice donde describe a la Cruz Cíclica de Hendaya, un monumento prehistórico, que encierra su propio misterio.
Se trata de catedrales góticas, creadas por los masones medievales, en cuyas figuras y artesonados de relieves, vitrales y fachadas, habrían escondido en imágenes los más profundos secretos alquímicos, los que Fulcanelli “lee” al lector, describiendo y revelando, y asociando a historias, a definiciones, a operaciones alquímicas; echando luz en secretos ancestrales, escondiendo otras verdades, diciendo qué es falso y qué es verdadero en alquimia, o relatando alguna anécdota sobre la disciplina y sus protagonistas.


Las Moradas Filosofales


Mucho más voluminoso que el anterior pero con el mismo estilo narrativo, es este libro, que se divide en dos partes.
En la primera, en siete capítulos trata respectivamente temas tales como la importancia de los monumentos en la Historia, Edad Media y Renacimiento, la alquimia, el laboratorio de este arte, química y filosofía, la Cábala y la Espagiria.
Ya en la segunda parte vuelve al esquema de El Misterio de las Catedrales, para pasar a describir esta vez diferentes edificios públicos y privados de Francia, y algunos de otros lados de Europa, también; entre estos, una mansión en Lisieux, Normandía; otra en Thiers; el castillo de Dampierre; el reloj de sol del palacio Holyrood, de Edimburgo, y unos cuantos lugares más, siempre además como motivo para discurrir sobre temas diversos, aunque siempre también referentes a la alquimia.

 

Palabras finales

 

No es necesario estar interesado en el tema de la alquimia, ni siquiera creer en la posibilidad de convertir plomo en oro, para disfrutar, por lo menos, la mayor parte de estas obras. Cualquier admirador de la buena arquitectura y de la buena literatura, con un mínimo de interés general sobre las cosas, pasará un grato momento en compañía de estos libros.