martes, 29 de noviembre de 2011

El lenguaje astrológico


La conformación de un lenguaje eminentemente simbólico y estructural, es lo que hace a la Astrología enriquecerse a través de la analogía y la metáfora.


La carta natal es un gran símbolo, a su vez, compuesto de un conjunto de símbolos, por tal razón, su lenguaje se halla emparentado con el de los jeroglíficos, con el de las imágenes, como pueden ser los ideogramas del I Ching.
Los símbolos no contienen palabras, sino nociones, ideas, que luego pueden ser expresadas, mayormente a través de la analogía. Se ha de “descifrar” el símbolo o su conjunto, como se hace con un jeroglífico.
El símbolo, al contrario que la palabra (conjunto de signos que encierran un concepto), siempre es inagotable como fuente de significado y depende siempre de la experiencia de quien lo trate, cuánta información pueda extraer de él. La relación con el símbolo es así rica e intima, y siempre puede contrastarse la información adquirida por varios, completándose por analogía y verificando así la verosimilitud de las partes.
De este modo se puede decir también que la astrología reviste un lenguaje estructural, de símbolos que “encajan” en un gran todo central.

 

Diferencias entre símbolo y concepto

 

De este modo, la actitud hacia el símbolo es activa, mientras que hacia el concepto es pasiva, o al menos mayormente pasiva. Al menos con una instrucción básica se puede leer la palabra que encierra el concepto.
En cambio, respecto del símbolo, no se incluye su aprendizaje en ninguna educación básica; semiología y semiótica estudian a los signos, no a los símbolos. Cuando nos referíamos a la similitud jeroglífica, más precisamente nos referíamos a ciertas lenguas semíticas, que solo utilizan consonantes de forma escrita, lo que obliga a intercalar vocales al leer las palabras, y a optar así entre varias posibilidades, entre varios significados.
El símbolo, a diferencia del concepto, no tiene ninguna función utilitaria ni facilitadora; no ofrece respuestas como resultados, sino como probabilidades y desafíos.


Un caso de ejemplo: el I Ching


Un caso ejemplificador de esto que se está diciendo es el I Ching. Cuando uno se hace por primera vez de un ejemplar, la versión de Richard Whilhelm, la más tradicional y completa, seguramente lo hace en el interés por su función oracular.
Se llega a este libro seguramente también, luego de haber practicado con alguna versión mucho más básica y esquemática. Pero lo que la versión de Whilhelm aquí ofrece es una experiencia única e incomparable. Primero hay que practicar mucho, para poder familiarizarse con el lenguaje alegórico y metafórico, incluso de viso poético, que este texto encierra.
Una vez aprendido el sentido propio de esta escritura, comenzamos a comprender que sus respuestas oraculares nunca colman las expectativas más inmediatas – y superficiales – del consultante; incluso, contradicen su ánimo. Si consultamos por un período doloroso o molesto que estamos atravesando, el oráculo describe que estamos en un momento de muchísima evolución; si por el contrario, queremos saber de nuestras actualidades felices, se nos advierte casi siempre acerca de que a todo ascenso prosigue un descenso. Nunca, de ninguna manera, este oráculo nos indica nada acerca de “qué hacer” dada una situación cualquiera. Su función es la de describirnos el panorama, e inducirnos a tomar una decisión entre las varias posibilidades de resolución que de manera inherente contiene el problema. Porque desde el punto de vista taoísta, algo que no tiene solución no es en sí un problema.
El I Ching es seguramente, a diferencia de otros oráculos, astrología, tarot, numerología, runas, etc., el único sistema que no requiere de intérprete, siendo que es el mismo libro el que ofrece su dictamen, y la interpretación del mismo. Es decir, también sirve de modelo de interpretación, mostrándole el modo en que por analogía, astrólogos, tarotistas y numerólogos deberían ejercer sus funciones; nunca ofrecer “soluciones mágicas”, ni instrucciones de ninguna especie, acerca de cómo transitar un mal tiempo. El oráculo siempre debe saber limitarse a mostrar todas las posibilidades, con las cuales el que consulta deberá saber elegir, para así forjar su destino libremente.

 

La astrología como lenguaje estructural

 

En su libro Orígenes del Simbolismo Astrológico, el astrólogo barcelonés Guiomar Eguillor realiza una investigación sobre la estructura zodiacal, a partir de consideraciones sobre las polaridades Sol-Luna (Yin-Yang) y Sol-Saturno (la vida y la muerte, dicho de un modo por demás esquemático).
A partir de la primera polaridad se determinan las otras planetarias: Mercurio-Venus, Marte-Júpiter y Marte-Saturno, tomando solo los planetas “personales”, aquellos que pueden distinguirse a simple vista. Estas polaridades están en consonancia con las distancias respectivas reales al sol, lo que conforma dos hemiciclos simétricos: el correspondiente al Sol (de Leo a Capricornio), y el correspondiente a la Luna (de Cáncer a Acuario).
Con esta estructura, ya también los aspectos planetarios toman simbolismo, a partir de sus distancias a la pareja Sol-Luna. Así, el semi-sextil es de naturaleza mercurial, el sextil venusina, la cuadratura marciana, el trígono jupiteriana y la oposición, saturnina.

 

La contradicción de los cuadrantes

 

Con esta estructura, donde los puntos cardinales quedan fijados en Leo (el león), Tauro (el toro), Escorpio (el águila) y Acuario (el hombre), un simbolismo tan caro a la alquimia, sin embargo entramos en contradicción con los puntos cardinales señalados por la Astrología Occidental, esto es Aries, Cáncer, Libra y Capricornio.
Esta contradicción se resuelve distinguiendo lo que es la Astrología occidental de la mesopotámica. “En efecto, el zodiaco sideral babilónico divide el espacio cósmico en torno a nosotros (…) en doce sectores iguales o signos de 30º - cada uno a partir del eje Aldebarán / Antares (estrellas fijas) situado a 15º de Tauro / Escorpio respectivamente, iniciándose el zodiaco a 0º de Tauro. Estando el otro gran eje formado por 0º Leo / 0º Acuario”, dice el autor.
La astrología mesopotámica se distingue por tomar la realidad cósmica (la visible al ojo desnudo) como una estructura “espacial”.
En cambio, la astrología Occidental da primacía al punto vernal (temporal), empezando el zodiaco a 0º de Aries.
Desde un punto de vista simbólico, no hay contradicción entre estas perspectivas, ambas son complementarias. En todo caso la profundización de esta afirmación será buen tema para un futuro artículo.