sábado, 26 de noviembre de 2011

El discurso cinematográfico


El séptimo arte, el cine, tiene su respectivo y exclusivo discurso; aquí una crónica acerca de su gestación.


Si bien oficialmente se reconoce que el nacimiento del cine ocurrió en París, en 1895, la disciplina como arte – el séptimo – no se debería considerar como tal hasta no obtener un discurso propio (como respectivamente tienen todas las artes), algo que terminaría de ocurrir diez años después de su invención.

 

Recursos discursivos del cine

 

Las primeras películas no tenían mayor aspiración que contar historias, o plantear situaciones, sin ninguna especulación acerca de determinar un modo discursivo que le fuera propio. Sin embargo, antes de que se estableciera uno, alrededor de 1905, David Griffith experimenta con algunos nuevos recursos nunca antes vistos, como el fundido entre escenas, el emplazamiento original de la cámara o el travelling (desplazamiento de la cámara sobre carriles); no obstante, pasarían otros cinco años aproximadamente en que estos nuevos recursos se pusieran en práctica más asiduamente.

 

El primer largometraje

 

Según consta en el Registro de "Memoria del Mundo" (Memory of the World Register) de la UNESCO, el primer largometraje de la historia rodado fue The Story of the Kelly Gang, una película de origen australiano, muda, con una duración de poco más de una hora y escrita y dirigida por Charles Tait. Su estreno fue el 26 de diciembre de 1906.
En Estados Unidos, se considera que el primer largometraje fue una adaptación de Los Miserables, de Victor Hugo, producida por Thomas Alva Edison, en 1909, en dos rollos y medio, pero por aquel entonces ninguna sala de cine se atrevía a exhibir todos los rollos a la vez. Es decir, los primeros largometrajes se presentaban al principio como seriales, siendo The Life of Moses, de Vitagraph, la primera película en exhibirse de una sola vez en un cine de Nueva Orleans, en 1910.

 

Sergei Eisenstein y la creación del montaje cinematográfico

 

Pero no sería sino hasta 1924, y con el estreno de La Huelga, de Sergei Eisenstein, en la Unión Soviética, que no se empezaría a hablar del montaje en cine, como recurso principal y discurso propio de la cinematografía.
Como hemos dicho, hasta entonces, hacer cine no era otra cosa más que registrar una historia o situación en el celuloide. Es entonces Eisenstein el primero que piensa y especula con las posibilidades intrínsecas, exclusivas, de ese nuevo arte, obligado seguramente, al necesitar hacer atractivo un largometraje mudo, con una temática que precisamente no apunta al entretenimiento, y que tiene su carga propia de dramatismo.
Nace entonces el montaje cinematográfico, que es el verdadero “arte” y discurso exclusivo de esta disciplina, que trata del equilibrio y el ritmo en que se van a presentar las escenas secuencializadas, no necesariamente siguiendo una linealidad argumental, como hasta entonces, más parecido ello al discurso literario de la novela y el cuento, y que incluso terminaría revolucionando a este último, a partir de la aparición de una novela que presenta una “narrativa cinematográfica”.
Hay un antes y un después, sin lugar a dudas, en el cine, desde la aparición de la obra de Einsenstein; algo que no ha presentado demasiados cambios sino hasta hace muy poco tiempo.
Cuando en 1990 Dances with Wolves (Danza con Lobos), de Kevin Costner, ganó el Premio Oscar en el rubro de montaje, precisamente, la película no presentaba ninguna novedad, respecto de lo que puede encontrarse en las películas del director soviético.

 

Nuevas formas de discurso cinematográfico

 

Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino, en su momento representó toda una innovación respecto del tema que estamos tratando, con un discurso quebrado, basado en la reiteración de situaciones unívocas, cada una desde el punto de vista de cada personaje en particular, entre unos cinco de ellos. Lo novedoso de este discurso fue tan impactante, que se repitió en una docena de películas más, de directores diversos, hasta el hartazgo.
Desde inicios de los años ’90, también, el auge del videoclip (con su discursiva propia) fue asimilado por el cine, más que nada en el género de ciencia ficción, aventuras y superhéroes, con un ritmo vertiginoso en la sucesión de secuencias, a veces casi imperceptibles al ojo humano.
Memento (2000), de Chris Nolan, es otra película revolucionaria, en este sentido, al narrar su historia “de atrás para adelante”, es decir, empezando por el final y yendo hacia el principio, y repitiendo secuencias en formas de flasbacks (recurso muy explotado en los años ’70), consistente en presentar secuencias pasadas al presente argumental, o imaginadas o soñadas, o alucinadas.
En otra especulación y modificación notable de este recurso es que se centra toda la trama de la película Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos (2004), de Michel Gondry, donde los personajes no son conscientes de que experimentan los mentados flashbacks.
Evidentemente, tuvo que pasar un siglo hasta que el séptimo arte comenzara a presentar muestras de recreación de sí mismo, pero seguramente en el futuro, en los nuevos directores vaya a encontrarse un nuevo modo de hacer y de ver cine.