martes, 21 de mayo de 2013

'Los hombres que no amaban a las mujeres', de Stieg Larsson



"Esto no es una novela de detectives, donde todas las malditas piezas tienen que encajar", dice Mikael Blomkvist, protagonista de Los hombres que no amaban a las mujeres, primera entrega de la trilogía Millenium, junto a las otras dos novelas, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y La reina en el palacio de las corrientes de aire. Lo dice casi al finalizar el libro.
Stieg Larsson, su autor, murió en 2004, antes que su obra viera la luz de la edición. Alguien vio la veta. O en todo caso, desde Franz Kafka o John Kennedy Toole, se perfila un sub-género de literatura póstuma, que solo en el caso de Kafka parece necesario.
Digo, ¿alguien hubiera publicado la trilogía Millenium, de no morir su autor?
Alguien debió advertirle que sí, que eso era una novela de detectives, donde todas las malditas piezas debían encajar. La literatura es una de las artes primarias, y cualquier arte nació para embellecer la vida, la realidad, que casi siempre se expresa en forma de esbozo, de intención; la realidad no tiende a la consumación, sino a la sugerencia, de ahí es que las sociedades viven en tales estados de frustración. De eso se ocupa el arte, de evidenciarlo, de denunciarlo, finalmente, de embellecerlo lo más que se pueda.
El arte es para darle al mundo la ilusión, la promesa, de una realidad concreta y acabada.
Una historia de ficción no se vuelve más verosímil, más creíble, si "todas las malditas piezas no encajan", como ocurre en la realidad; para leer sobre lo inacabado compramos todos los días el diario.
Cuando a principios del siglo XX nace la novela negra, el policial negro, de la mano de autores tales como Raymond Chandler, James Hadley Chase, Patricia Highsmith y tantos otros, lo hace para volver más verosimil al género, respecto de lo que lo había sido con Poe, Conan Doyle, etc. Ya no se trataba de descubrir quién le había robado las joyas a la abuela. El policial negro nació con la pretensión de denunciar el lado oscuro de la sociedad, la marginalidad, el lado siniestro de la naturaleza humana, de cualquier modo, ninguno de sus cultores se hubiera disculpado de que "las malditas piezas no encajen", precisamente, porque solo se trataba de novelas policiales, después de todo.
El libro de Larsson es el ejemplo típico de que no basta con tener una buena historia (en su caso, El misterio del cuarto amarillo llevado a las dimensiones de una isla, dicho por él mismo), un par de buenos personajes, ni siquiera, un buen discurso narrativo. No basta con sólo eso para tener una buena novela.
La novela de Larsson está plagada de lugares comunes, de trivialidades, de superficialidades, de muestras de entusiasmo adolescente del creador ante su obra ("uh, ¡este caso es endemoniadamente brillante!"); de diálogos insustanciales, de datos innecesarios, como con qué tipo de módem los personajes se conectan a Internet.
En el mejor de los casos, con la mejor voluntad, parece un borrador de primera escritura, algo que hubiera demandado algún tiempo elaborar y dejar en óptimas condiciones: principalmente, borrar todo lo que le sobra y ahondar en lo medular del caso, mayormente, en la psicología de los personajes.
Resulta irritante que Mikael Blomkvist no postergue sus prácticas de gym en medio de la investigación por un asesinato, que se detenga a desayunar cada vez que llega la hora, desviándose del camino. Incluso resulta irritante que sea tan típicamente "winner" (siempre el protagonista de un buen policial negro es un antihéroe), un tipo con tres amantes, de manera liviana, sin mayores compromisos emocionales, y con el chiste oportuno cada vez que lo amerita. Nada de esto es verosímil, no siempre resulta verosímil que los personajes vayan al baño, a veces es preferible que no se duchen, que no coman, que no duerman, que se muestren obsesivos. En todo caso hubiera sido mucho más interesante ver la transformación del personaje, de una forma a otra.
Lisbeth Salander, la co-protagonista, que para los fans de este autor se ha vuelto un objeto de culto, se resuelve demasiado fácil en unos cuantos piercings y tatuajes, para darnos a entender rápidamente que es una personalidad difícil de entender y de relacionarse. No necesariamente tiene que decirnos mucho unos cuantos piercings y tatuajes, no es así como se construye un personaje, nunca es muy aconsejable darle al lector un retrato muy acabado, es preferible permitirle que él se construya su propia imagen del personaje. Hay un maniqueismo del autor sobre este personaje, en por momentos hacerle ver como a una perfecta idiota, otras, como a un ser deslumbrante, sea como fuere que le conviene a la trama.
Lo mismo ocurre con el villano –de quien no diremos aquí su nombre– de quien no se analizan los detalles de su perversión; “es el tipo malo, ustedes ya saben”, parece decirle Larsson a sus lectores.
El fárrago de diálogos repetidos, de análisis inconducentes, de detalles porfiados, hace morosa a la lectura, le resta timing, ritmo, a lo que debe ser una novela de suspenso, es decir, que te robe horas, que no te de sueño.
A diferencia de la mayoría de otros artistas, el escritor trabaja a solas, aún, a diferencia del artista plástico, el escritor "no ve" lo que está haciendo, sino en la instrospección; el escritor debe internarse en sí mismo para ver en qué está trabajando y cómo lo está haciendo, debe ver “la película” que se está formando en su cabeza, cuando no en sus vísceras.


Pero esto no es algo que no le ocurriera a Dostoievski, a Melville, a Julio Verne o a Poe, o a cualquier autor clásico creador de obras perfectas, indiscutibles en cualquier de los sentidos de lo que vengo desarrollando. Claro que les ocurría, pero sabían de antemano que iba a suceder, entonces, una vez redactado el primer borrador, se sentaban y trabajaban sobre lo escrito, lo criticaban, eran impiadosos. Hay que saber ver el lado ridículo que de forma inherente tiene cualquier intento de obra de arte, para poder equilibrarla.
Y no solo eso, en las editoriales existía lo que se llamaba el corrector de estilo, que era quien ayudaba al autor a ver aquellos detalles que se le escapaban. Por decir un nombre, la Editorial Penguin de principios de siglo jamás hubiera permitido que un libro como el de Larsson saliera a la venta, no con su patrocinio al menos, y ninguna otra editorial lo hubiera aceptado.
Lo que significa nada más que hoy día las editoriales venden sus libros como una chacinería sus embutidos. Que tenga muchas páginas y una cubierta bonita, hará aparentar que se trata de un libro importante. Lo lanzamos por tres y tenemos un éxito de mercado para los próximos años, la versión en fílmico le dará mayor alcance. Hoy día se hacen libros para poder hacer películas, se hacen películas para poder hacer videojuegos, se hacen videojuegos para poder vender merchandising. Como dijo una vez Charly García: "Soy músico porque quiero ser modelo".
"Millenium", que da más a trilogía de ciencia ficción antes que de policial negro. "Los hombres que no amaban a las mujeres", cuando más bien la historia narra de tipos que las odiaban; ni los títulos se sostienen.
Difícilmente vaya a leer los libros que completan la trilogía. Algún verano de 50º a la sombra, quizás, que no dé para levantarse de la cama, y me halle muy, muy aburrido.