lunes, 11 de marzo de 2013

'American Psycho', de Bret Easton Ellis



Si se tratara de la versión masculina de Sex & the City, bien que los personajes de esta novela podrían integrar su elenco. Dirán que nada que ver, que se trata de diferentes estratos sociales, de diferentes épocas. Desde mi punto de vista da igual, la mentalidad es la misma, la vacuidad, la superficialidad llevada al extremo de lo impersonal, de lo inhumano, o quizás sea dicho mejor deshumano; que mientras que Sex & The City hace apología o exaltación de eso, American Psycho lo observa de manera crítica, no de manera directa, sino que plantea todas las situaciones, las pone en escena, y “saquen ustedes sus propias conclusiones, muchachos”, parece decirnos.
El protagonista es Patrick Bateman, un yuppie en los '80 que nos muestra su mundo plagado de tics y manierismos inocuos, o aparentemente inocuos, la fauna humana con la que se relaciona y comparte códigos, todos y cada uno estando muy pendiente de la opinión del otro, parecen querer lograr consenso a lo que dé lugar, a cualquier precio, aunque también la competitividad entre estos seres es bastante desaforada, aunque por motivos un tanto infantiles.
Se manejan por lo “in” y lo “out”, y lo “cool”, aunque para ellos éstas son todas palabras impronunciables, porque tienen un acusado sentido de lo elegante, de las buenas combinaciones en cuanto a lo estético por lo estético mismo, aunque después actúen de manera patética, en cualquier sentido.
En este mundo está “de moda” (o simplemente ya se hallan del todo disfuncionales) confundir a las personas al charlar y referir a un tercero, o incluso se confunden cuando se hablan entre sí, lo que suscita acostumbradas e inútiles discusiones y aclaraciones, o utilizaciones a partir de los equívocos, también el grado de error parece determinar la intensidad de parentesco entre los seres.
Son contradictorios hasta la imbecilidad, pero no lo notan, no se dan cuenta, así, pueden criticar livianamente las medidas de gobierno que realmente son antipopulares, pero luego despreciarán a un vagabundo en la calle y se burlarán de él.
Trabajan y gozan de una situación económica espléndida, trabajan y sin embargo gozan de muchísimo tiempo libre, que ocupan en actividades repetitivas, automáticas, inmersos en rutinas aburridas, además, sin que se sepa muy bien en qué consisten sus trabajos, porque cuando la acción transcurre en las oficinas siempre la situación es extralaboral. Algo relacionado con la compra y fusión de empresas. Recién parecen ponerse realmente a trabajar, al sentarse a sus ordenadores, computadoras, pero ahí acaba una explicación, un capítulo, nunca sabemos realmente qué hacen, cuál es la mecánica de sus trabajos, con qué es que se ganan su dinero.
Lo que diferencia a Patrick Bateman de todos aquellos que le rodean es que es un asesino, psicótico y serial.


La novela está narrada en primera persona –es Bateman quien nos lo narra todo– y en tiempo presente, con lo cual, en realidad Bateman no narra nada, estamos dentro de su cabeza, oímos su voz interna, nos lleva a donde quiera que vaya. En realidad, somos Bateman mientras leemos, estamos obligados a eso.
En este sentido, American Psycho es la contracara del Drácula de Bram Stoker. En Drácula sabemos del vampiro por lo que todos los demás dicen de él, en discurso epistolar o por los diarios personales de cada uno. Drácula nunca habla si no es por el relato de otro, nunca aparece en forma directa. Aquí es al revés. Bateman nos lleva y nos pone en observación de sus amigos y compañeros de trabajo, nos los muestra y podemos entender que estas observaciones pasan sin embargo por su propio filtro. En nuestro acercamiento (una verdadera posesión) a Bateman, él manipula la situación, nos vuelve autistas, apenas conectados a su cerebro y “ojos que todo lo ven”. Pero se puede presumir, por comentarios aleatorios que hace, que nos escatima información. Por ejemplo, al llegar a la situación del primer asesinato, que ocurre a un tercio de lectura del libro, tenemos elementos para presumir que en realidad esa no es la primera vez que mata, no porque hasta entonces al menos nos lo haya confesado. Simplemente, esa no es su primera vez, es la nuestra.
En todo momento, Bateman se nos presenta completamente homogéneo a toda esa otra gente, también completamente frívola, superficial, insustancial, que lo rodea. Lo único que lo distingue de los demás es que es un asesino y él mismo en un punto no parece ser consciente de la diferencia, porque para él matar parece ser un hecho de cualquier forma natural, o al menos naturalizado.
Entonces podemos empezar a preguntarnos por qué Bateman es el único que mata, o si no ocurre en verdad que todos los otros también lo hacen, y será que hasta ahora no lo sabemos.
Sus víctimas no se establecen dentro de ningún target, adultos y niños, policías y taxistas, prostitutas y vagabundos, pero también otros yuppies igual que él y las mujeres que adornan sus presencias, acompañándoles, todos, son pasibles de ser sacrificados.

 Bret Easton Ellis

Una cuestión aparte de este libro –y crucial– son las formas que Bateman tiene de matar. No le alcanza con un balazo entre los ojos, nunca, excepto si se trata de su supervivencia. En todos los demás casos son páginas y más páginas de horror descrito de forma minuciosa y, si cabe el término, asépticamente, donde es evidente que se apela a nuestro propio morbo para poder continuar el relato y la lectura. En este sentido quién sea más o menos morboso disfrutará o sufrirá esta lectura, supongo.
En este sentido Easton Ellis se la juega por completo: si no abandonaste el libro al promediar la lectura del primer asesinato (y todos los demás no van a dejar cuando menos de sorprenderte en su originalidad), te compromete a ser cómplice de sus aberraciones. O tu interés científico o literario es muy alto, o de otro modo sos un morboso.
Y te atrapa en la angustia, porque hasta no finalizar el libro no sabrás si tanto horror fue gratuito o necesariamente fundado. Este libro debería venir con una etiqueta de “Parental advisory” en la cubierta, o algo por el estilo. Yo les advierto, que no les tome desprevenidos, su lectura es una experiencia muy perturbadora… O dependerá de cada uno, no sé.
No voy a decirles el final de la novela, desde ya. En mi experiencia, por varios motivos, se trata de una de las mejores novelas que he leído en mi vida, a la altura de los mejores clásicos, a la vez del modo en que un clásico jamás se habría atrevido a concebir.
La pregunta fundamental es qué hace a Bateman diferente a los demás, qué le vuelve asesino… Creo que la respuesta está en el título elegido para esta novela.