jueves, 21 de febrero de 2013

"Hasta que la muerte nos separe"



La vez pasada intervine en un debate “feisbuquero” que se suscitó con un grupo de amigos, a raíz de una nota aparecida en el diario Página 12, de Buenos Aires, que por su tono poco importa, bien podría haber sido Clarín, o cualquiera de las revistas, Cosmopolitan o Para Ti. El artículo en cuestión hablaba de algo llamado “poliamor”, y refería a una tendencia que podría estar habiendo, de la humanidad dirigiéndose hacia un estado de poligamia consensuada, algo que de cualquier modo hace años se viene propugnando, de un modo u otro.
Se alega a favor de esta idea que la monogamia como idea es una construcción cultural, que la mayoría de las especies animales son polígamas, incluso alguna cultura humana originaria que otra, de esas que se mantienen aún al margen del sistema de vida “occidental y cristiano”, por así decir.

La cuestión es que el ser humano es una excepción, o vive en un estado de excepción, en relación con el resto de las especies. Tiene una capacidad de raciocinio, de observación y de especulación intelectual como no se sabe que otro animal tenga. De este modo, las reglas generales para el resto de las especies no tienen por qué ser legítimamente las mismas para el hombre, y en el caso de éste, es posible la idea de monogamia sea una construcción cultural, pero del mismo modo se puede decir respecto de la poligamia, si no es comparando con el resto de las especies, cómo poder asegurarlo.

A simple vista, una de las principales capacidades del ser humano –sino la más principal de todas– parece ser, es la de evolucionar psicológicamente. Seguramente un león cachorro actúa de manera diferenciada que uno viejo, sin duda lo hace, pero no creo se sepa cualquier animal pueda trasponer cierto umbral de maduración psicológica. El ser humano tiene mayor capacidad de individuación, de concebir una noción de “yo” complejizada, sofisticada, y por tanto, al menos da la sensación de que su posibilidad de desarrollo psicológico madurativo es ilimitada.

Lo que hace madurar, evolucionar psicológicamente a una persona es mayormente la experiencia. La experiencia, la capitalización intelectual y emocional de los sucesos a vivir en su mundo relacional, en contraste con sus propias percepciones, sensaciones, intelectualizaciones subjetivas.

Entre todas éstas hay una relación fundamental, ineludible, que es la relación consigo mismo. La relación entre aquel que observa y sufre, con aquel otro que actúa e interactúa, esa es “hasta que la muerte nos separe”.
Esa relación con uno mismo es ineludible, no da recreo, es un trabajo, un esfuerzo, a menos que se trate de un verdadero ermitaño. O de un verdadero alienado, supongo.

La relación de pareja es la que el individuo va a tener, entre todas, de mayor intimidad, de una intensidad y calidad rayana con la que tiene consigo mismo. De otro modo, no estamos hablando de relación de pareja, sino de amistad, con o sin integración de prácticas sexuales.

Entre todas, la relación de pareja es la más parecida que se tiene respecto de consigo mismo, la que más trabajo y esfuerzo demanda, la que mayor intimidad requiere para poder perdurar de manera saludable. Finalmente, la que triunfa si sólo la muerte la destruye.

Intimidad, para que exista debe haber confianza.

El ser humano moderno está en crisis, probablemente desde ya hagan siglos. El individuo moderno no tiene intimidad propia, porque ha perdido la confianza en sí mismo. Y no confía en sí mismo porque no sabe cuáles son sus principios y valores, por lo tanto, no sabe cómo va a reaccionar ante cualquier cosa que le acontezca.

De este modo, ¿cómo podría confiar, en sí mismo o en cualquiera?

No, no puede. Por eso resulta trágicamente cómico que pretenda esto del “poliamor”, una especie de poligamia emocional y consensuada, abarcativa y superficial. Superficial, porque para profundizar en una relación se requiere de una intimidad, que sólo puede construirse en relación con uno mismo, apenas con uno más. Entre tres ya hay amistad o compañerismo, nunca intimidad, porque cuando en ausencia de uno de los tres, los otros dos se pongan a hablar de él (y si no lo hacen también) ahí se evidencia la falta de intimidad.

El ser humano, como especie (claro que se nota en las historias individuales) fracasó en relación consigo mismo, cómo no iba a fracasar en relación al tema de la pareja. Actualmente el ser humano apenas está posibilitado de sobrellevar algún tipo de amistad.

No es “nivelando para abajo” que se sale de las encrucijadas, no es legitimando la superficialidad, la falta de rumbo, de brújula y de horizonte que esto se logra. Alguna vez la gente vamos a tener que ponernos, esforzarnos, a ya no distraernos con cuestiones que sólo tratan de las formas de vivir, alguna vez va a haber que empezar a profundizar, atender a lo sustancial y dejar que la forma surja como tenga que hacerlo, por sí misma.

Pero para eso se necesita reconocer que necesitamos una mayor intimidad, y que para esto se requiere de confianza.