sábado, 4 de agosto de 2012

Las libretas de José




Cuando la humanidad todavía ni soñaba con las posibilidades de comunicación que ofrece Internet, la gente solía utilizar, con mayor frecuencia que hoy, los paredones de las calles para escribir con aerosoles sus consignas políticas, sus declaraciones de amor o hacer gala del ingenio humorístico. El famoso graffithi callejero, un fenómeno por otra parte que debe darse en todas partes del mundo.
El graffithi es el antecedente inmediato y rústico de las actuales redes sociales.
En dictadura era propiamente un acto clandestino, en democracia es el primer estrato de la popular “picardía criolla”, en el mejor sentido de la frase, es la voz del hado de los inconscientes colectivos, porque al ser anónimos, la ocurrencia nos pertenece un poco a todos, al que la registró y al que luego a la pasada la capta. En aquel “somos la rabia” argentino del ’52 como pocas veces se oyó la voz propia de la gran masa peronista, en la caligrafía de uno más de tantos, como decir, de nadie.
Para 1974, un tipo llamado José Rosenwasser, un hombre completamente común y corriente, lleva compilados en una libreta un sinnúmero de este tipo de ocurrencias, que bien podrían valer como material de graffithi. Y no es que él las haya transcripto directamente de los paredones, no, él fue directamente a la fuente de ese material, a las personas, en la visión de que en cada alma humana se esconde un graffithero, como más tarde lo demostraría las redes sociales.
Simplemente, José entraba a bares, a recorrer las mesas y pedirle a sus ocupantes, estuvieran solos, en pareja o en grupos, le dejaran una frase escrita en su libreta, como acercarle un paredón limpio y una lata de aerosol a una persona.
Ese año esa libreta fue publicada por Editorial Galerna, de Buenos Aires, con un interesante prólogo del editor, Daniel Kon, y una colección de comentarios de célebre gente de la cultura, que iba desde Jorge Luis Borges hasta Charly García, pasando por el periodista Ulises Barrera a Sergio Renán, y muchos más.
“Cuando a Jorge Luis Borges le contaron la historia de José Rosenwasser, el hombre que recorre todos los días los bares y cafés de Buenos Aires con una libreta en la mano para pedirle a la gente que escriba, dudó de su existencia. ‘Es probable —dijo— que todo esto sea una simple ficción. ¿No será una invención suya este señor de las libretas? ‘”, así comienza Daniel Kon su prólogo, imprimiéndole una impronta legendaria al fenómeno.
Kon cuenta que Rosenwasser llegó a Buenos Aires, de Polonia, a los 15 años de edad. Durante años fue un trabajador más, desempeñándose como obrero metalúrgico.
En sus comienzos en el país, solo como estaba y apenas comenzando a aprender el idioma español, acostumbraba a detener a desconocidos en la calle simplemente para preguntarles si tenían el tiempo y el deseo de conversar un rato con él. Generalmente quienes aceptaban hacerlo eran estudiantes universitarios tomando algún descanso o estudiando en las mesas de los bares.
Un día alguien le regaló una libreta de números de teléfono, pero él no tenía a nadie a quien llamar, así que empezó a usarla para anotar algunas reflexiones, algo que luego empezó a pedirles hicieran lo mismo a las personas que eventualmente le dialogaban. Por este motivo José comenzó a transformarse en un personaje pintoresco de la ciudad, a quien sus conocidos comenzaron a llamarle “el ladrón de tiempo”.


La historia de José, narrada por su editor en el mismo prólogo, es realmente conmovedora. Nacido en 1911 al sur de Polonia, huérfano a muy temprana edad, llegó a Argentina en 1926, solo con su maleta, pero con el corazón abierto en su inmensa capacidad contenedora. José Rosenwasser se convirtió en un conjurador de soledades, a fuerza de bolígrafo y libreta.
El libro fue un éxito de ventas, habiendo múltiples reediciones en los años sucesivos, y hasta una segunda parte, un segundo tomo, que sin embargo no resultó tan efectiva como la primera, de cuya colección de frases dice Kon: “El humor, en estas páginas, se disfraza de ironía, de chiste verde, de reflexión cáustica o autocrítica, pero aparece constantemente. En la increíble meditación de quien se pregunta "¿Justo a  mí me  tocó ser yo?", o en  la ingenuidad del que sostiene que "no hay nada más aburrido que un choque entre tortugas"; en la picardía de Miriam y Adriana, dos futuras odontólogas que aconsejan "Sonrían, coman turrones y sonrían"; en el ingenio del mucha­cho   que  sale   del   paso  escribiendo, simple­mente, "uno, dos, tres, probando..."; en la desconcertante y  casi  surrealista  invocación "Absuelvan   a  Sócrates", y en la simpática crueldad de quien sentencia "el día que noso­tros dominemos al mundo todos temblarán" y firma "Un epiléptico"; hasta en la lacónica advertencia "Cuidado con el perro" deslizada por un anónimo Pavlov porteño, o en la meta­física conclusión de que "morir es como dor­mir, pero sin levantarse para hacer pis", está presente el humor de la ciudad, que ayuda a los hombres a sobrevivir, a pesar de todo”.
En fin, como corolario y de “yapa”, les dejo la primera página de frases de este libro, que actualmente creo se haya agotado en librerías, no volviendo a reeditarse, pero que puede encontrarse en PDF en diferentes sitios.


LAS FRASES DE LAS LIBRETAS 1974-1977

Estoy podrido. Pero feliz.

                     Al, 10-8-74

Superman es virgen.

                    Luisa Lane

Hay que tener una sonrisa para todos, y el puño cerrado para algunos. ¡Y no al revés!

                                                                  Mario,  23 años. (En el colectivo 41)

No  hay que confundir introspección con rectoscopía.

                                                                          Raúl

Estoy solo y triste.

                  Alejandro, 1974

Amar es ser inteligente.

                  R.S. 21-8-74

Sálvese quien pueda.

                          7-8-74

Estas libretas son como las puertas de los baños. Pero del lado de afuera.

                                                                            B.

Lo voy a saludar como se saluda a un gran amigo. Chau, hasta el próximo hola.

                                                                                         Daniel, 31-8-74

¡Paz!

         Jorge, 20 años

Endurecernos sí, pero nunca perder la ternura.

                                                  Daniel

José el bueno.

             Adriana

Hoy respiré 23.040 veces, filtré 180 litros de plasma, mi corazón bombeó 7.200 litros de sangre, caminé 5 kilómetros, abrí y cerré mis ojos 15.673 veces, y realicé 38.573 movimien¬tos musculares. Por eso es que hoy, como ayer, estoy realmente cansado

                                                                    Raúl, estudiante de medicina