miércoles, 21 de marzo de 2012

Culminó el ciclo de conciertos de The Wall en Buenos Aires


Roger Waters acaba de finalizar su ciclo de nueve conciertos de The Wall, en Buenos Aires, ofrecidos entre los días 7 y 20 de marzo.
Yo fui en la primera fecha; lamentablemente, no tengo fotos ni videos que mostrarles. A la entrada al estadio había carteles de advertencia sobre la prohibición del ingreso con todo tipo de videocámaras; supuse que si me retiraban la mía ya no la recuperaría, por lo que decidí ir a ocultarla en el cantero de una casa vecina, para ir a retirarla a la salida del evento. Luego, de haber sabido que la revisión de bolsos y mochilas por parte del personal de seguridad iba a ser prácticamente inexistente, esta anécdota no existiría. Primera de una velada encantadora.

Diferencias y similitudes con sus anteriores puestas

La obra es la misma, las mismas canciones que ya todos sabemos de memoria, el mismo argumento, el mismo mensaje antisistema.
Pero Roger Waters no vino a presentarnos más de lo mismo, ni solo la oportunidad de poder ver este espectáculo a quienes vivimos a este lado del mundo, y sin poder viajar para verlo en Europa o América del Norte.
No, el artista reinventa su historia, la recrea, asumiendo un nuevo lenguaje, mucho más feroz, iracundo y por momentos hasta desquiciado, respecto de sus anteriores versiones.
Al margen del despliegue de tecnología de última generación con que también renueva su obra, obvio, Waters decide dejar atrás el sonido y el estilo de Pink Floyd, y le permite a esta banda de músicos que le acompañan una voz y un estilo que les sean propios; ya no la repetición de la partitura original, nota por nota.
Así, esta banda suena más rockera y menos sinfónica. Lamentablemente, a la fecha no he conseguido aún la nomina de nombres de los músicos que le acompañan (la agregaré aquí en cuanto lo haga).
Decir que la batería suena más distorsionada y más potente, al igual que más potentes el bajo y el órgano Hammond. También, la guitarra está mucho más distorsionada y “sucia”, respecto de a lo que nos había acostumbrado David Gilmour, con picos que a uno, sin ser ingeniero de sonido, le lleva a pensar deben hacer reventar varios twitters por noche.
Respecto de lo argumental, el foco en esta versión ya no está tan puesto en el detalle de lo vivencial en la historia de su protagonista, Pink (se soslaya por ejemplo que se trate de un “rock star system”, ahora podría tratarse de un tipo cualquiera), y ese foco entonces está puesto en mucha mayor medida en lo que ocurre al otro lado de la pared, en el sistema; y ahí esta vez Roger Waters sale con los botines de punta; la palabra “capitalismo” proyectada en la pared se imprime con la misma tipografía del logo de Coca-Cola; los aviones bombarderos ya no sueltan solo crucifijos, ahora también sueltan los distintivos de Shell y Mercedes Benz; la proyección ahora incluye imágenes de las miserias humanas más actuales, desde la Guerra del Golfo hasta acá.
Finalmente, el chancho inflable y volador ha vuelto, pero transformado en un jabalí, en un cerdo salvaje, rojo y negro y con el símbolo de los martillos cruzados impreso.

Finalmente, había que linchar al chancho

Al final del concierto el jabalí inflable sobrevuela el campo, por sobre las cabezas de los concurrentes, y más finalmente se le deja caer, literalmente, para que hagan con él lo que quieran.
Debo confesar que, evidentemente, ignorante de los detalles en cuanto a las actitudes de la “watersmanía”, quedé algo perplejo y preocupado al ver la horda rockeril abalanzarse sobre el pobre chancho, para destrozarlo. “Los argentinos dando la nota de nuevo”, me dije, dudando también de no tener que pagar ahora al chancho roto, por bueno.
Luego me enteré por Internet que esto es parte del rito, desde que se inaugurara esta puesta, al menos, y en todas partes del mundo.
Para otro día quedarán las consideraciones a hacer acerca de todo el ciclo de recitales, de las noches de lluvia, inundación y anegamiento de las inmediaciones del estadio, o de la dificultad de llegar al mismo debido a la ciudad sitiada por las manifestaciones de protesta, de un color u otro.
Para otro día queda también las implicaciones de cantar The Wall en pleno siglo XXI, la misa antisistema, precisamente, en una de las mayores catedrales del sistema, con merchandising y vaso de coca-cola a cuarenta pesos, incluido.