jueves, 9 de febrero de 2012

Por Luis Alberto Spinetta (1950-2012)






En el período de dictadura militar en Argentina, entre 1976 y 1983, el movimiento de rock de esta país, aún con la cantidad de músicos que debieron exiliarse, fue una de las actividades que mejor supo atravesar este tiempo, debido igualmente a un profundo desconocimiento de parte de los dictadores, respecto de obras y protagonistas, en parte porque los artistas habían sabido llevar la metáfora a extremos de camuflaje del mensaje, a veces al colmo de un código a descifrar, logrando así describir un panorama, un paisaje de la realidad, de un modo más logrado, quizás, que luego, devuelta la democracia y la libertad de expresión.


Hablo de una época de películas cercenadas o completamente prohibidas, de quema de libros, porque de encontrarte poseyéndolos podía ser motivo de desaparición. Época también de cinco canales de TV, en una incipiente era del color, intervenidos por el gobierno de facto; época en que Internet no existía ni siquiera en sueños, y un país como Argentina, realmente se hallaba confinado en el extremo del mundo.

Fue muy difícil ser adolescente en esa época. Fue difícil de cualquier modo, pero formarse como persona bajo dictadura, debe ser de lo más parecido a nacer en guerra, bajo un bombardero.

El movimiento de rock en Argentina tenía a muchos músicos en sus filas, pero sin lugar a dudas de todos ellos los exponentes más singulares fueron Luis Alberto Spinetta, Charly García y Norberto Napolitano (Pappo). Todos los demás fueron grandes poetas y músicos, pero solo los tres mencionados realmente fueron sublimes en sus trabajos.

Personalmente, siempre fui más “fan” de Charly, y en un país atravesado por las confrontaciones de toda índole, desde siempre, en algún momento se pretendió establecer una especie de “Boca-River” entre Spinetta y Charly. Pero ambos fueron las dos caras de una misma moneda; en algún reportaje, Spinetta analizó que mientras Charly había logrado llevar a la poesía el lenguaje propio de la gente, él creaba un nuevo lenguaje, para narrar y describir la realidad de esa misma gente, para que ésta luego lo asimilara. Y es verdad, así funcionaba, y esa alquimia siempre se operó con éxito.

Spinetta, como Charly y Pappo, lograron ser artistas sublimes, en toda la historia cultural de este país, como pocos lo han logrado. Esto es, en aquellos tiempos, que lograron quebrar el plomo de la burbuja nefasta, que lograron que la canción llegara hasta el sol, que pudieran hacernos sentir aún parte de la humanidad; que nos trajeran el mundo a la cárcel, que las rutas argentinas pudieran llegar a hacernos representativos y partícipes en el contexto del mundo. En aquellos tiempos fuimos más observados por la Guerra de Malvinas, claro, pero estos músicos crearon las condiciones de lo que hubiera podido ser de otra manera.

Yo no me imagino mi adolescencia sin alguno de estos tres, Spinetta, Charly o Pappo. Mi preferencia fue por el segundo, ya dije, pero con solo él no hubiera bastado. De verdad no puedo imaginar lo terriblemente negra que hubiera sido mi adolescencia, sin alguno de ellos.

Son los tipos que a los de mi generación nos enseñaron a pensar, a sentir, a cómo decir las cosas. Spinetta nos habló de Artaud, nos abrió la puerta a los poetas franceses, negros y malditos, y de ahí fue más fácil llegar a Blake, Byron y Shelley, por ejemplo, y también a Borges y al tango, como que no.

Spinetta, Charly y Pappo, tres tipos con un excelente sentido del humor, también, que nos enseñaron que el humor también podía ser filosófico, una manera de pararse ante la vida.

Pocos músicos luego supieron estar a su altura, luego, como artistas tan sublimes, Gustavo Ceratti y Fito Páez, por caso.

Pappo se murió en su ley, en un accidente con su motocicleta, en la ruta.
La vida no hubiera sido lo mismo sin la existencia de estos artistas; más de uno de nosotros, tampoco.

Ayer se fue papá, para siempre. Nos deja su obra y su sonrisa, su recuerdo y sus reflexiones, como todo buen padre sabe hacerlo.