miércoles, 15 de febrero de 2012

Los ecofascistas


El principio sustancial del fascismo, en cada individuo, lo que hará que una persona se vuelva fascista – no es una condición en la que nadie nace, es decir, no es una condición natural –  es el resentimiento que le genera que la vida, la realidad, el cosmos, no le consulte respecto de lo que será su inevitable destino, el enfrentamiento con su propia muerte.
Es decir, para el fascista, la vida es fascista, la realidad, el universo lo son; y el inconsulto hecho de que todos vamos morirnos lo prueba.
Durante años, siglos, durante todo un milenio, los fascistas argumentaron con teorías evolutivas, de supervivencia del más apto, de selección natural, con veleidades de cultura imponiéndose sobre lo natural, para justificar y establecer su soberbia, sus perversiones. Por característica propia, el fascista tarda toda una historia en aprender y asimilar lo que es su propia filosofía, en construirse una propia coherencia interna, y en el mayor tiempo en su paso por el mundo, ha estado comportándose, en el fondo, como un hijo descarriado, como una oveja negra, como un “ángel caído”, porque, sí, el problema del fascista siempre fue de índole religiosa; el fascista es aquel que se siente desterrado injustamente de su ideal de perfección, de lugar perfecto y de condiciones igualmente perfectas. No de condiciones perfectibles, sino de la propia perfección, idealizada y consumada. Ha vivido peleado con Dios por esta razón, desde los principios de los tiempos, porque Dios se comportaba de manera fascista con ellos.

En la alborada del nuevo milenio, con el advenimiento de la new age, de la idea sobre la Ley de Atracción – pasteurizada a su propio entendimiento; un fascista nunca entiende que lo que lleva a un criminal a la cárcel o lo que pone a una víctima a expensas de su asesino, es la propia Ley de Atracción – y otras creencias banales, superficiales y pseudo religiosas, el fascista por fin baja la cabeza, agacha el lomo, y recibe a su fascista Dios en su seno.
“Dios no avisa cuando ocurrirá un terremoto o un tsunami, ¡alabado sea Dios!”, piensa el fascista, “por tanto, actuemos en consecuencia”.
 Viajan a la India – no se sabe muy bien porqué, se supone que en Oriente está la verdad de todo – traen de allí unas varas de incienso, un tamborcito y una imagen del Buda, y con eso abren escuelas iniciáticas en el mismo barrio donde vivís. Nunca abandonan del todo su creencia evolucionista, el axioma que rige su mente estrecha es: “Si aún seguimos vivos, si finalmente el mundo no se ha destruido en ocho pedazos, entonces todo es mejor que ayer”.
Los más osados vestirán túnicas naranja en fechas determinadas, quizás se inscriban en un club nudista, y escriban algún libro de autoayuda, cuyo argumento central dice que quien no entienda o asuma el razonamiento antedicho, tenga cuestionamientos que hacer o se sienta triste, es un idiota que merece desintegrarse en la nada, y más le valdría nunca haber nacido. Es el principio del “Mundo Feliz”, según lo viera Aldous Huxley.

Del odio más extremo por los pueblos originarios, ahora pasan al amor más incondicional, sobre todo si esta gente se mantiene en taparrabos y no se queja de la descontextualización a la que les someten, violando su intimidad, invadiéndolos con sus cámaras fotográficas, volviéndolos objetos de culto. No es demasiado diferente a cuando los ingleses se llevaban ejemplares de Patagones a Londres, para exhibirlos como a animales.

Se meten en las redes sociales, a emprender Cruzadas contra fumadores y consumidores de carne, difamándoles, anatemizándolos, por no encontrar mejor opción… (¿Encarcelarlos?, ¿asesinarlos?, ¿hacerles desaparecer?); cuando no – los más benevolentes – intentarán “concientizarte” acerca del terrorismo que practicás, hacia un orden ya universal.

No se limitan humildemente a vivir sus vidas como les plazca, a educar a sus hijos de igual manera; se llaman a sí mismos “veganos” (lo que da a pensar en una civilización superior, al mejor estilo de las que solían aparecer en la serie Star Trek), que como tal se comportan – idénticos a como lo hacían los conquistadores con los pueblos originarios – pero ahora contra sus propios vecinos, la propia gente de la cuadra.
Se ufanan de hacer mucha gimnasia, de no consumir más que vegetales (que al no poseer ojos, no parecen seres vivos), de no fumar, como si por ello fueran a resultar inmortales, y solo nosotros, fumadores y carnívoros empedernidos, fuéramos a morirnos.
Ah, no, pero se trata de una mejor calidad de vida, dicho en sus propios términos, de no morir en medio de terribles estertores, convulsiones y dolores, de morir saludablemente, a los 104 años de edad… La verdad, viéndoles como llevan sus vidas, yo prefiero morirme mucho antes y en lo que después de todo sería mi último dolor, que pasar más de un siglo de vida vacía.

El ser humano es omnívoro por naturaleza y por definición; y es un ser contaminante, desde que descubrió el fuego, por lo menos.
Pretender vivir como ángeles encarnados termina siempre haciéndonos ver y comportarnos como de los peores demonios.
La permanencia – todavía – en el universo no garantiza nuestra evolución. La tecnología todavía puede sorprendernos mil veces más de lo que lo ha hecho, y no significará nada si el desarrollo no es sustentable, respecto de nuestra espiritualidad verdadera, nuestro animismo, nuestra realidad psicológica, o como quieran llamarlo.
Pretendiendo fórmulas infalibles y negando nuestro profundo desconocimiento acerca de la verdadera razón de la existencia, no nos convertimos en mucho más que modelos sofisticados, sí, pero a escala, de conejitos que corren en sus ruedas.