martes, 21 de febrero de 2012

Algo habrán hecho


En el año 1976, yo debía estar por cumplir mis doce años de edad; una mañana mi hermana y yo nos levantamos temprano para ir a la escuela.
Mi padre debía estar trabajando, no se hallaba en la casa, y mi madre debía encontrarse levemente indispuesta, pues permanecía en la cama, siendo que siempre era ella quien nos preparaba el desayuno. Pero esa vez no, esa vez nosotros lo hicimos.
Nos hallábamos entonces con nuestros guardapolvos escolares puestos, prestos a salir a la calle, cuando de pronto, al abrir la puerta de entrada a la casa, nos topamos con un soldado allí apostado, con su uniforme y su fusil preparado. “Vayan adentro”, nos dijo secamente, metiéndonos de vuelta adentro y cerrando nuevamente la puerta.
A la vez que íbamos hasta el dormitorio de mi madre, a avisarle, ya se oían pasos sobre el techo de nuestra casa, lo que hacía que ella estuviera ya también levantándose de la cama. La ventana de aquella habitación daba a nuestro patio, en el fondo del terreno, y los tres nos asomamos por entre las tablillas de la persiana de madera, a espiar, por lo que pudimos ver entonces a una decena de soldados diseminados por todo nuestro patio.
Eran tiempos de dictadura militar, de estado de sitio, por lo tanto de suspensión de las garantías y de terrorismo de Estado.
Mi madre corrió hasta la parte delantera de la casa y se puso a espiar por la mirilla. Entonces se escucho un seco: “Salí afuera, González, carajo. Salí, que te tenemos rodeado”, dicho esto en un tono muy alto, grave y castrense.
Asomados a la ventana, pudimos ver a mi vecino salir de su casa, entregarse, cabizbajo y en silencio. Enseguida le esposaron las muñecas, pero no por la espalda. Lo subieron a un vehículo y se lo llevaron, y toda la soldadesca desapareció, se fue del mismo modo que había llegado.
No sabíamos mucho de mi vecino, solo que estaba casado y que el matrimonio no tenía hijos; hacía pocos meses se habían mudado al barrio. No sé dónde estaría la mujer, en ese momento en que se “chuparon” a su pareja.
Una semana antes, a unas cinco cuadras de allí había habido un enfrentamiento armado, con lo cual una casa había sido acribillada a tiros y bombazos, y sus ocupantes habían sido abatidos, en lo que los informativos expresaron como a un “triunfo del Estado contra las fuerzas subversivas”, en algo de lo que más tarde e históricamente se iba a denominar “guerra sucia”. Simplemente, se cargaban a los opositores al régimen, y a todo aquel que pensara distinto, y algunos se resistían un poco a eso, claro. Durante semanas los vecinos de aquel barrio solíamos silenciosamente desfilar por delante de aquella casa acribillada, para ver cómo había quedado, prácticamente en ruinas.
Como corolario de aquel otro episodio, cuando se “chuparon” al vecino de al lado de mi casa, cuando finalmente pasó, mi madre se encogió de hombros y dijo: “y bueno, algo habrá hecho”.
“Algo habrá hecho”, pensamos mi hermana y yo, y nos alegramos, porque ese día no fuimos a clases.