lunes, 12 de diciembre de 2011

Acerca de "la crispación" de los argentinos


Nota introductoria:

Hace poco una querida amiga (aunque ella crea que no), no nacida en Argentina, pero que se ve en la situación de tener que soportarnos a quienes sí, me pedía opinión vía email, en medio de una conversación, acerca de una actualmente muy mentada “crispación” que estaríamos sufriendo supuesta o realmente los oriundos, de diferentes colores políticos, en un término muy de moda, que al menor disenso nos hace decirle a nuestro interlocutor: “usted está crispado”, aunque más nos gusta utilizar la palabreja y sus derivados al referirnos a terceros.
Claro, sabía a qué se refería esta persona, lo que hizo que en el momento me sintiera tan abrumado ante su pedido, como si de pronto me urgiera a que le relatara la historia de mi vida en media hora, siendo que uno ya no es un niño, y aún así, esto hubiera sido mucho más fácil de responder. Para el caso, primero le di una larga respuesta, algo deshilvanada, y luego pude concretarle algo más sintético, y creo que más acertado.
Lo cierto es que el episodio me dejó largamente pensando, y alimentó de algún modo las ganas que desde hace rato vengo teniendo de escribir acerca de historia y política argentina, y bueno, entonces, la página que entonces ahora ustedes leen pretende inaugurarme en una temática de la que no tengo preparación académica alguna, ni periodística, ni mucho menos como historiador, y que aún como notas de opinión que pudieran resultar las futuras y sucesivas redacciones que bajo este apartado se vayan a presentar, no deberán ser tomadas más que como eso, opiniones, aún no más profundas ni trascendentes que las que pueda tener cualquier ciudadano común y corriente, con algún mínimo de inquietud seria sobre estos asuntos, con apenas un poquitín de rigor.
Recuerdo ahora a Cortázar decir que él era un hombre con “unas muy pocas ideas políticas, a las que sabía defender muy débilmente”. A San Julio Cortázar me encomiendo entonces ahora, aunque espero (y me gustaría) que en lo sucesivo estas notas abran polémica, encendida si tiene que serlo, pero por favor, les pido que con respeto; al menor insulto pondré los comentarios que aquí dejen en moderación, siendo que ahora, como podrán verificar, se halla la posibilidad de comentar completamente abierta (trolls y energúmenos de los que pueblan la internet, favor de abstenerse).
También pediré se fundamente periodística e informativamente las argumentaciones, con un mínimo de recursos, fácilmente conseguibles en Internet, del mismo modo que yo intentaré hacerlo en cada cosa que en lo sucesivo diga. No me pretendo constructor de realidades ni de visiones; declaro nada más acompañar algunas de las creadas desde antes de mi existencia; no comparto pero entiendo otras, y encuentro descabelladas a las siguientes. Como cualquier hijo de vecino digamos, je.

Acerca de una necesaria revisión de la historia argentina

Creo que es un buen tema para comenzar, desde que hace unas semanas el gobierno de Cristina Fernández creó el Instituto de Revisión de la Historia, algo que hizo poner el grito en el cielo a altos y bajos, temerosos de que de “ideologizarse” la historia de nuestro país, los muy libertinos terminaran desterrados en el islote de los parias, faltos por lo robados de una historia, de una identidad, de una identidad histórica. Qué buen tema para una novela de ciencia-ficción, pienso ahora, una comunidad que fuere como un conjunto de “Juan Pérez”, desde el punto de vista histórico.
Más fácil sacarle un hueso a un perro callejero, digo yo.
Yo que recuerde jamás conocí en mi país un gobierno que impulsara y estimulara activamente algo como la “revisión histórica”, más preocupados que estuvieron anteriores presidentes en recibir en sus hogares a estrellas internacionales de rock, o en prometer cohetes públicos cubriendo el trayecto Buenos Aires-Tokio en dos horas (vía estratósfera).
Tampoco, ninguna de esas realidades escandalizaron tanto a estos “crispados” (“de allá”, en corto tiempos estaremos hablando de los “de acá”) como ahora lo hace la iniciativa de la revisión histórica (cuando hablo “de acá” y “de allá”, me refiero a “veredas” políticas).
Al margen de la coloratura que puedan tener nuestras visiones históricas valorativas, que legítimamente pueden gustarnos o no, unos respectos de otros, ya sí estemos parados en la vereda que fuere, en una sociedad donde permanentemente estamos valorando la posibilidad de hacer memoria, de no perderla, entonces el tema de la revisión de la historia se hace imprescindible.
Claro, el problema es que no a todos nos preocupa la memoria; aún muchos prefieren olvidar, hacer como que “aquí no pasó nada”, aún cuando en este país se vivió un genocidio, no hacen demasiados años; hubieron desaparecidos y tortura en el actual periodo democrático (hablo desde 1983) y el desguazamiento y la quiebra fraudulenta o por fraude del país, a finales de 2001.
Pero sin memoria, la nuestra contemporánea y la de nuestros ancestros, no hay historia, o hay una historia retaceada y deformada, más conveniente para unos que para otros, al margen de si una historia objetiva también puede ser de mayor conveniencia para unos que para otros. “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, al respecto prefiero considerar junto con el Nano Serrat.
En lo que a mí respecta, preferiría un San Martín mercenario (hipotéticamente hablando, si fuese real) a uno de cartón, que cruza la Cordillera de los Andes en caballo blanco y sin despeinarse; prefiero a un Juan Domingo Perón pro-nazi a un santo varón iluminado y omni-ecuánime; prefiero a un Che Guevara ególatra a uno estampado de remera (playera); prefiero a un kirchnerismo que usó al peronismo de trampolín a una reencarnación forzosa de figuras de bronce. No estoy asegurando nada – por ahora – solo digo que prefiero la verdad y su búsqueda (la meta, o en su defecto el trayecto), antes que una realidad encorsetada o acomodada a empujones.
En los artículos que sigan en esta sección propondré diferentes temas y aspectos de lo mismo, nuestra historia y realidad de argentinos, a lo que también están invitados los no-argentinos a los que les interese el tema. Muchos asuntos a tratar podrán surgir de lo que surja en estos debates.
Ya está hecha la invitación, en lo sucesivo se irá aclarando, espero, cuál es mi posición y pensamiento. Anímense a opinar, que de esto se trata, nada más, reitero, pidiéndoles un mínimo de fundamento y respeto mutuo, aunque por naturaleza aceptemos que este tipo de discusiones conllevan un cierto grado de apasionamiento.