sábado, 26 de noviembre de 2011

Sobre la relativa importancia de las opiniones


En nuestra vida diaria nos manejamos en nuestras conversaciones por medio de opiniones con mucha más frecuencias que con otros conceptos.


Todos tenemos opiniones, prácticamente acerca de todas las personas y todas las cosas. Decimos incluso lo que opinamos (muchas veces confundiendo esto con lo que pensamos, o creemos pensar), aun con cierta vehemencia, con cierto tono de autoridad respecto de lo que estamos diciendo, o a lo que va dirigido. Debatimos, intercambiamos impresiones, discutimos, incluso peleamos y hasta nos ofendemos en base a opiniones; acusamos a aquel que cambia de opinión en sus dichos, calificándolo de contradictorio.

 

Definición de “opinión” de la RAE

 

Según la Real Academia Española, la palabra “opinión” proviene del latín opinio, -onis, y significa, en su primera acepción, “dictamen o juicio que se forma de algo cuestionable”.
Es decir, no todo es materia opinable. Es válido opinar sobre aquellas cosas cuestionables, por definición, pero poco importan los pareceres, por ejemplo, en materia científica, o en todo aquello en que se infiere que es, sin lugar a cuestionamiento alguno.
Más aún relativa es la mentada “opinión pública”, para la cual la Real Academia guarda también su significación específica, la que es: “Sentir o estimación en que coincide la generalidad de las personas acerca de asuntos determinados”. Ya aquí se habla de “sentir” y “estimación”, como de “parecer”, ya sin necesitar intervenir juicio racional alguno.

 

La opinión no es ciencia

 

Lo cierto es que la opinión, pública o privada, no es ciencia, y es tan relativa y depende de tantos factores como la distancia que hay entre el ánimo con que uno se levanta de la cama al comenzar el día, y aquel con el que se acuesta al arribar la noche.
A la opinión se le contraponen la información, la noticia, el enunciado y la teoría científica, que son invariables, sin depender de cambios climáticos ni fastidios de ninguna índole.
Quién no ha escuchado de parejas separadas o divorciadas (y con hijos) "decir pestes" el uno del otro, al punto que uno se pregunta cuándo y cómo fue que se vieron obligadas a casarse y formar familia. Lo que ocurre con esta gente es que solo se da lugar a la opinión, y en ningún momento al pensamiento o a la reflexión, ni que hablar al sentimiento, que podría conducirlos a una cosa o a otra.

 

Pensamiento no es opinión (ni pensar es filosofar)

 

Creemos pensar cuando estamos opinando, como creemos filosofar, cuando solo estamos pensando.
Opinar es la expresión de un mero parecer, mientras que pensar es intentar razonar por medio de la asociación de las pocas o varias ideas con las que se cuentan. Ya, filosofar sería el intento de sistematizar un conjunto de ideas, de engendrar una ideología original y propia, algo que no está comúnmente al alcance del común de los mortales.
La cuestión es que se confunde opinar con pensar (lo que da cierta ilusión de autoridad en aquel que opina), avalado esto también por ciertas estrategias de ventas empresariales, que publican consignas y eslóganes del tipo “su opinión vale” o “nos importa su opinión”.
Cada vez son más importantes las estadísticas, también, porque llenar los cuestionarios para sus confecciones da cierta ilusión de protagonismo y participación en la realidad cotidiana, en aquel que los contesta.
Un pensador argentino, José Pablo Feinmann, suele decir que “a aquel que no piensa al sistema, el sistema lo piensa a él”. Y agrega que esto se comprueba toda vez que subimos a un taxi, y el chofer se pone a darnos su opinión sobre la realidad política, que no es más que la repetición de aquello que ha estado escuchando toda la mañana por su programa de radio favorito. Ya esto ni siquiera es una opinión, porque distinto sería si el hombre se hubiera puesto a oír todos los programas radiales matutinos, para oír todas las versiones de las noticias, y así sacar su propia conclusión, su opinión.
Además, el hombre tiene un programa "favorito", no porque haya elegido entre todos los demás, sino porque azarosamente halló que este se adecuaba a sus comodidades.

 

En defensa de la opinión, la opinión como visión poética

 

Con lo expuesto no se pretendería erradicar la opinión de dentro del marco de costumbres, sino darle su justo lugar dentro del campo de posibilidades racionales, como son pensar, reflexionar, asociar, y hasta filosofar, en la medida de lo posible.
Una de las relevancias más importantes y hermosas que puede tener el acto de opinar es la de la visión poética. Cuando un poeta o un artista nos regala su visión del mundo, en suma y en conjunto está dando una opinión, solo que en el arte puede (o no, pero si verdaderamente es arte, lo hará) cobrar un sentido cosmológico, y por lo menos entonces imitar o recrear verdades absolutas. En materia de arte, no es preciso estar de acuerdo o no, simplemente, se disfruta o no se disfruta; en ese sentido el artista es como una especie de “filósofo imaginario”.
La opinión, si de algo sirve a nuestras vidas cotidianas, lo hace de manera íntima y desde siempre subjetiva, tanto como para darnos un marco de referencias, que nunca debería ser demasiado rígido.
“A las opiniones se las lleva el viento”, decían nuestros mayores, lo que no debería justificar incoherencias en el actuar, sino hacernos más libres, no atándonos a nuestros pareceres.