sábado, 26 de noviembre de 2011

Religión y superstición


En las sociedades en decadencia, la superstición viene a reemplazar a la religión; la mentada ideología de la Nueva Era o "New Age" hace negocio con ello.


Muchas veces, los escépticos consideran lo religioso como si se tratara de superstición. Los escépticos ignorantes, por cierto. Un antropólogo, por descreído que en lo personal fuera acerca de las religiones, jamás confundiría a estas con nada que pudiera considerarse como supersticioso. ¿En qué se diferencia entonces la fe religiosa de la creencia supersticiosa?.

 

Diferencias entre religión y superstición

 

A la fe religiosa la sostiene un sistema de creencias. Hablar de “sistema” implica un orden preestablecido de ideas, ciertas leyes, reglas, que deben aceptarse, de lo que luego podrá derivar o no un dogma o una doctrina; seguro sí al menos la religión debe contener un “cuerpo” organizado de cánones que la conforman, de la que luego podrán desprenderse o no “ramificaciones”, tales como teorías especulativas, historias de santos particulares, rituales, etc.
A diferencia de esto, la creencia supersticiosa tiene un origen más bien vago respecto de lo que luego serán su realidad y sus ramificaciones, y si se busca y se encuentra un origen definido, en cada caso, siempre se verá que su raíz es esencialmente utilitaria.
Por ejemplo, compramos y encendemos varitas de sahumerio de mirra, para atraer “la suerte en el dinero”, lo mismo de benjuí, “para el amor” (no sé si esto es así, pero valga como ejemplo). En religión, las costumbres pueden constituir rituales (siempre sostenidos por una necesidad definida, como ya veremos); son inmutables, es decir, no cambian en sus formas ni conceptos, y se hallan fundamentados en reglas fijas, dogmas o cánones de fe.
En la superstición, bien puede tratarse de esos mismos hábitos o costumbres, pero serán actos de un origen caprichoso; se encienden sahumerios de mirra a favor del dinero, porque el que los vende dice que para eso sirven, y a él se lo dijo el fabricante. Mañana habrá un excedente por superproducción de incienso o lavanda, y entonces cualquier de esos dos aromas servirá para atraer dinero, o para lo que fuera que el comprador esté interesado. Porque el comprador no cuestiona nunca porque es una y no otra cosa, él solo quiere encender varitas de sahumerio.

 

La religión es el opio (la superstición) de los pueblos

 

Cuando los ministros religiosos pierden el espíritu filosófico que debería sostener los rituales, estos se vuelven superchería, movimiento espástico e inútil, fórmula abstrusa aprendida de memoria, de manera refleja, como los perros de Pavlov segregaban saliva al oír una campana.
Orar, rezar, es un rito, que como cualquier elemento verdaderamente religioso tiene su objeto de ser. Cualquiera puede hallar su manera propia de orar, pero quien desee hacerlo bien, puede tomar al Padrenuestro cristiano como guía.
Cuando éramos niños todavía este Padrenuestro rezaba: “Y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Claro, en un mundo progresivamente cada vez más capitalista, no suena muy conveniente eso de andar perdonando deudores. Los términos luego fueron cambiados por “pecados” y “pecadores” u “ofensas” y “ofensores”, del mismo modo que lo supersticiosos pueden cambiar sus aromas de varita de sahumerio, según el propósito o la ocasión.

 

Ser supersticioso es fácil

 

La verdadera religión implica sabiduría. El verdadero religioso espera la verdad le sea revelada, sabiendo que ello le volverá aún más responsable, ante el mundo, por sus actos, pensamientos y sentimientos.
Un verdadero ministro religioso debiera participar los fundamentos (misterios) de los rituales a los fieles.
Pero hoy día un sacerdote es alguien que se levanta a la mañana y desayuna para ir a dar misa (otro ritual), de manera mecánica y burocrática, como un oficinista llena planillas con datos, sin saber de qué tratan ni para qué, o una soñolienta maestra de escuela recita las tablas de multiplicar a sus alumnos, pensando en lo inútil del caso, siendo que luego emplearán sus calculadoras electrónicas.
El hombre común intenta no pasar por debajo de una escalera, de camino al trabajo, o reza para sus adentros porque no se le cruce un gato negro, en el mismo camino.
Está prohibido usar prendas de color amarillo sobre un escenario de teatro, ni en ese ámbito, pronunciar palabras tales como “víbora” o “serpiente”; quizás se trate del mismo elenco que ensaya una obra de Chejov, o de Molière.

 

La superstición, síntoma de decadencia y corrupción

 

En sociedades en decadencia, la superstición reemplaza a la religión, entonces la gente empieza a creer en extraterrestres, o en que sus mismos próceres religiosos tradicionales en realidad eran extraterrestres. La gente deja de comer carne, y para compensar, pasa a odiar con mayor violencia a su vecino. La superstición se traslada a los medios masivos de comunicación; en los programas de TV prenden velas a los santos “contra la envidia” de los programas de otros canales; en las revistas dirigidas al público femenino se enseña a hacer talismanes y amuletos, “para atraerlo a él”, dicen.
En este cuadro de situación, solo los ateos y los escépticos se hacen realmente responsables de sus actos, sentimientos y pensamientos, es decir, de lo que saben.
Los religiosos le hemos fallado al mundo, los ateos no, nunca prometieron nada. Los supersticiosos son como esos zombies de malas películas de terror.