viernes, 25 de noviembre de 2011

"El Péndulo de Foucault", de Umberto Eco


En la línea de "El Código Da Vinci", de Dan Brown, la segunda novela de Eco es superior en calidad literaria y su investigación histórica es confiable.


En 1989, muchos años antes de que Dan Brown se despachara con su novela cuando menos de dudosa calidad, El Código Da Vinci, apareció la que sería la segunda ficción de Umberto Eco, luego del éxito arrollador de El Nombre de la Rosa; esta vez iba a tratarse de El Péndulo de Foucault, otra vez un policial, pero con características similares a lo que luego pretendiera (de manera fallida) Brown; el ya sub-género “policial de conspiraciones universales, con ribetes de esoterismo”.
Esta segunda novela de Eco no alcanza la calidad de su antecesora, ni por mucho es tan mala como la propuesta de Brown (al menos no pretende encontrarse con personajes bíblicos donde no están).
Con todo, El Péndulo… también fue un éxito de ventas.

 

Historia de una conspiración universal

 

La historia se inicia a fines de los años ’70, principios de los ’80, en las oficinas de una editorial de Milán, dedicada a la publicación de temas de esoterismo. Allí trabajan tres periodistas, quienes reciben toda clase de personajes estrafalarios, que pretenden tener profundos conocimientos misteriosos y esotéricos, quienes escriben sobre estos temas, de los que se sirven entonces para engrosar sus publicaciones.
Cierta vez, de este modo, reciben a un misterioso hombre, quien se dice poseedor de un pergamino medieval, que contiene un texto, que de manera críptica, parece evidenciar los datos de una conjura universal de índole política y esotérica.
Los periodistas logran confirmar la autenticidad del pergamino (que se halla roto, fragmentado en su mensaje), respecto de su antigüedad, con lo que empiezan a obsesionarse y se arriesgan a una investigación que los conducirá al Museo del Conservatorio de París, donde se encuentra el péndulo de Foucault, cruzándose en su camino con toda una serie de personajes peligrosos, todos en procura de develar el mismo misterio.

 

El exhibicionismo de Eco

 

El autor es un erudito, y le gusta hacer gala de su variedad de conocimientos, a la vez que se reconoce que son profundos.
La historia se traslada de Milán a París, como dijimos, siendo también que existen “flashbacks” a la Italia del ’45, y a Bahía, Brasil, de los años ’70.
Sin alcanzar, como dijimos, la solidez de El Nombre de la Rosa, la novela termina siendo bastante entretenida, a la vez que también una real enciclopedia de consulta de conceptos esotéricos, así como de la historia del misticismo y esoterismo.

 

El péndulo de Foucault

 

La historia gira en torno de la invención de Bernard León Foucault (1819-1868), quien construyó el péndulo que todavía se exhibe en el Museo del Conservatorio de París, para demostrar el movimiento rotacional de la tierra, y que nuestro planeta no constituye un referente inercial.
Respecto de esto se desprenden docenas de especulaciones filosóficas y pseudo-filosóficas, acerca de qué cosa hay que no se halle en movimiento en el universo (sino el universo mismo), sobre la posibilidad de movimiento perpetuo y de que entonces nada pueda ser referencia de nada, en un ambiente de cambio permanente.

 

La moraleja del cuento, o del escepticismo de Eco

 

La novela termina cuando luego de muchos asesinatos cometidos por hacerse del secreto, Casaubon, el protagonista, descubre que el dichoso pergamino, si bien auténtico en su antigüedad, no era otra cosa más que una nota de lavandería, casi ilegible precisamente por el paso del tiempo.
Las dos primeras novelas de Eco tienen en común el ser gruesos tratados que confluyen en la demostración de inverosimilitud de lo cual, a priori, Eco no cree. En El Nombre de la Rosa fue la propia existencia de Dios, aquí lo es la posibilidad de una realidad esotérica, conceptos los cuales solo tendrían el efecto de hacer que la gente, en relación de ello, aflore sus peores miserias, relacionadas también con el deseo de poder.
El lector, al fin, puede llegar a preguntarse para qué escribir un grueso tratado de filosofía que enuncie la inexistencia de Dios. Pero más allá de eso, la novela resulta un buen entretenimiento, con el agregado de que el interesado por el esoterismo hallará en sus páginas una gran cantidad de documentación de calidad sobre el tema.
Al menos ¡cualquier cosa siempre será mejor que leer El Código Da Vinci!