viernes, 25 de noviembre de 2011

"El Nombre de la Rosa", de Umberto Eco


Su aparición en 1980 aparejó un notorio éxito de ventas. Un libro considerado el último clásico de la literatura de novelas policiales.


En 1980 aparece la primera novela de este profesor de semiología, nacido en Alessandria (Piamonte), en 1932.

 

Un cuento policial en todas las de la ley

 

La historia transcurre en 1327, en plena decadencia de la Edad Media, en una abadía perdida en las cumbres de los Alpes italianos, perteneciente a la orden de los Benedictinos, adonde llega un monje peregrino, Guillermo de Baskerville, en compañía de su secretario y protegido, el joven novicio Adso de Melk.
Enseguida de su arribo comienzan a sucederse una serie de asesinatos entre los hermanos de la congregación, en torno a la biblioteca que contiene la abadía, de acceso restringido, que de cualquier forma guarda la forma de un laberinto (la forma de una rosa), y en la que se hallaría el mítico Tratado de la Risa, de Aristóteles.
Enseguida se advierte que el género policial en esta novela no es sino un pretexto para la elucubración filosófica, y una crítica a la Iglesia y al vano deseo de conocimiento, por buena parte ya de la humanidad, de los intelectuales.
Es conocida ya la referencia del apellido del protagonista, “Baskerville”, a los cuentos de Conan Doyle.

 

En el nombre de la rosa

 

“En el nombre de la rosa está la rosa”, decía Jorge Luis Borges en uno de sus versos, y en el nombre de la novela, hay también una directa referencia a eso.
La cita de Borges alude al ideal arquetípico platónico, acerca de que la noción de la cosa trasciende y es anterior a esa misma cosa. No es casual que en la novela, el monje con mayor poder sobre los secretos de la biblioteca, sin ser bibliotecario, sea el monje (ciego, al igual que Borges), Jorge de Burgos.
La “rosa” aquí es la biblioteca, que es un laberinto, que es la filosofía de Platón, donde se encierra la filosofía de Aristóteles, el Tratado de la Risa. No es un ingenio inofensivo. Una lectura de la alegoría que se presenta con esto es que en la filosofía Aristóteles es la médula, la sustancia, el contenido, mientras que Platón es “la cáscara”, el vaso que lo contiene, o peor aún, la cárcel, siendo que se trata de un laberinto.
Así, la biblioteca es el dragón medieval de mil cabezas, monstruoso, al que hay que matar, para robar el tesoro (la verdad) de su vientre.
Frente a esto, y transitando una semana de calamidades, Guillermo de Baskerville se adentra en el corazón de las tinieblas, al interior de un infierno de asesinatos y corrupción, a develar el misterio encarnando él mismo a la lógica (como lo hacía Sherlock Holmes en sus aventuras mucho más pedestres).

 

El valor de la risa

 

Nada en Eco es casual, ningún cabo queda sin atar, todo es premeditado. El monje Jorge de Burgos se erige como el principal custodio de la obra aristotélica, contra los noctámbulos advenedizos, que, ávidos de conocimiento, o por curiosidad, intentan por las noches franquear las trampas del laberinto, en pos del Tratado sobre la Risa, no consiguiendo más que amanecer asesinados.
Jorge de Burgos (hay quien cree que Borges no tenía sentido del humor) dice haber leído la obra, pero abjura de ella, por considerarla una apología de las miserias humanas, toda vez que la risa es irracional en el hombre, “le deforma el rostro y le hace ver como a un animal grotesco”, dicho casi en sus propias palabras.
Pero en un mundo donde el común denominador de todas sus épocas es la tragedia, y en un claustro de encierro donde se preconiza hipócritamente la observancia de la virtud, donde por lo mismo la corrupción moral y física ha llegado muy lejos, el espíritu menos corrompido quizás es el que busca con vehemencia, aun a costa de su propia vida, el antídoto contra su propia tragedia, y contra todas las tragedias del mundo, la risa.

 

Un final apocalíptico

 

La historia termina con la destrucción de la abadía por el incendio, luego de la intervención de la Inquisición, ante el estado de cosas, y de intentar resolver el caso por la fuerza y empujados por intereses políticos.
Las últimas escenas de esta historia son inefables, si bien ideológicamente puede no ser compartida por los lectores, al menos por algunos.
En una de las últimas escenas, Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, sobrevivientes de la catástrofe, se quedan viendo el espectáculo de la destrucción, de lejos, casi como si solo hubieran dado a pasar por allí, sin haber participado del horror.
Eco se permite unas pocas reflexiones, en este final, en boca de Adso, cuando dice: “¿Pero cómo puede existir un ser necesario totalmente penetrado de posibilidad? ¿Qué diferencia hay entonces entre Dios y el caos primigenio? Afirmar la absoluta omnipotencia de Dios y su absoluta disponibilidad respecto de sus propias opciones, ¿no equivale a demostrar que Dios no existe?”.
A lo que Guillermo responde: “¿Cómo podría un sabio seguir comunicando su saber si respondiese afirmativamente a tu pregunta?”.
Y cómo podría seguir vendiendo sus libros, incluso.
Queda la sensación de que Eco realizó este extenso volumen nada más que para poder arribar a estas cuestiones finales. Algo parecido pasará luego en su segunda novela, El Péndulo de Foucault.

 

La versión cinematográfica

 

En 1986 Jean-Jacques Annaud, realizó la versión fílmica de El Nombre de la Rosa, con Sean Connery en el papel de Baskerville y Christian Slater como Adso de Melk.