sábado, 26 de noviembre de 2011

Abelardo y Eloísa, amantes en la Filosofía


Son los personajes de una historia trágica de amor, al estilo de la de Romeo y Julieta, o Tristán e Isolda, con el agregado de su pasión por la Filosofía.

 
"¿Cuán feliz es la suerte de la inocente vestal? Al mundo olvida y el mundo la olvidó. El eterno resplandor de la mente inmaculada acepta todas las plegarias y renuncia a todos los deseos".
La cita pertenece a Alexander Pope (1688-1744), de su poema Eloísa a Abelardo, y que se incluye en el guión de la película Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos (frase que también pertenece al mismo poema). La película, que no tiene relación directa con los personajes de esta historia, es de 2004 y fue dirigida por Michel Gondry.

 

La historia de Abelardo

 

Entre las historias de amores trágicos, a la par de Tristán e Isolda o de Romeo y Julieta, se halla también esta, la de Abelardo y Eloísa.
Abelardo nació en 1079, en Palais, un pueblo cercano a Nantes, Francia. Provenía de una familia muy culta, y aunque desde muy joven se le inició en la carrera militar, la abandonó pronto para dedicarse al estudio. Filosofía, matemáticas, música y canto, se incluían entre las materias que estudiaba con apasionamiento.
Fue tal el abandono que hizo de sus necesidades materiales y sus obligaciones sociales, en beneficio del cultivo de su espíritu, que su padre terminaría por desheredarlo.

 

Abelardo y Eloísa

 

A los 20 años partió a París, donde establecería una escuela, la que atraería a multitudes, habiendo ganado fama ya por su elocuencia y sabiduría, versando en Filosofía y Teología, por cuyas ideas al respecto pronto sería condenado por la Iglesia.
Entre sus seguidores, algunos años más tarde, se encontraría la bella Eloísa, sobrina de Fulberto, canónigo de París, de quien se hallaba en custodia, y quien esperaba poder casarla con un hombre noble y rico. Por aquellos tiempos, un profesor no era alguien deseable como pareja para ninguna chica de buena posición.
Pero Eloísa era una apasionada del estudio, también, y era tanta su admiración por Abelardo, que pronto se enamoraría de él, y él de ella, identificado seguramente con su apetito de conocimientos.

 

Los amantes de la filosofía

 

En su Las Moradas Filosofales, Fulcanelli los describe así: “…Abelardo ha llevado en la exposición de la ciencia dialéctica un rigor desconocido y una lucidez relativa que atestiguan un espíritu nervioso y flexible, hecho para comprenderlo todo y explicarlo todo. (…) Eloísa ha forzado una lengua seca y pedante a reflejar las delicadezas de una inteligencia de élite, los dolores del alma más orgullosa y tierna y los transportes de una pasión desesperada…”.
Creo que este texto es un testimonio formidable, para comprender los fundamentos de ese amor.

 

El sino trágico de Abelardo y Eloísa

 

Eloísa queda embarazada, y ante el escándalo que esto representa, Abelardo decide raptarla, llevándola a Bretaña, a la casa de su hermana. Allí ella da a luz.
Enardecido con la situación, Fulberto averigua dónde se halla la pareja, hace encarcelar a Abelardo, y ya en prisión, le hace castrar.
Enterada de tamaña monstruosidad, Eloísa toma los hábitos en un convento, entonces Abelardo, que ha sobrevivido a la mutilación, es puesto en libertad.
Cuando se entera de la decisión de su amada, él mismo se ordena en el monasterio de Saint-Denis. Pero lejos de abandonar el amor, la pareja comienza a mantener una larga correspondencia epistolar, donde se suceden los pasajes amorosos y los comentarios filosóficos.
Enterados de esto las autoridades del monasterio donde él se hallaba, le expulsan. Entonces Abelardo se retira a la diócesis de Troyes, donde funda un oratorio, al que luego Eloísa parte, siendo nombrada abadesa, por su amante.
Pero en 1140 Abelardo es vuelto a poner en prisión, acusado por la Iglesia de arrianismo. Abelardo y Eloísa ya no vuelven a convivir, y él muere dos años más tarde, a la edad de 63 años. Eloísa reclamó su cuerpo.
Ella murió en 1163.

 

Las cartas de amor

 

Las cartas de amor y filosofía de Abelardo y Eloísa fueron recopiladas en un libro, que aún se edita hoy día, si bien sus autores son semi-legendarios; es decir, no se sabe a ciencia cierta si la pareja existió realmente, si bien las tumbas de ambos se hallan en el cementerio de Père Lachaise, en París.
“Dios me es testigo de que, si Augusto – emperador del mundo entero – quisiera honrarme con el matrimonio y me diera la posesión de por vida, de toda la tierra, sería para mí mas honroso y preferiría ser llamada tu ramera, que su emperatriz”, dice una de las cartas de Eloísa a su amante.
“…a pesar de mis esfuerzos, mi ternura me hace sensible a tus pesadumbres, y partícipe de ellas: tus cartas (confiésolo) han causado una impresión vivísima en mi pecho: no he podido leer con indiferencia letras formadas por mano tan querida. Suspiro, lloro, y apenas tengo reflexión para ocultar a mis discípulos mi flaqueza. Si, desgraciada Eloísa, este es el estado en que se encuentra el infeliz Abelardo. El mundo, que comúnmente se engaña en sus juicios, me cree sosegado; y como si no hubiera amado en ti sino la satisfacción de mis sentidos, piensan que te he olvidado. ¡Qué grosero error! sin duda creo se imaginaron las gentes cuando nos separamos que el dolor y vergüenza de verme cruelmente maltratado me hacían abandonar el siglo; como si mi amor, ingenioso en buscar contentamiento, no fuera capaz de inventar mil placeres tan sensibles como el que me privó Fulberto”, le dice Abelardo en una de sus cartas.

 

El sentido de la tragedia

 

Existe una película que cuenta la historia, titulada en español La Otra Cara de Dios (Stealing Heaven) (1988), de Clive Donner.
Desde los clásicos griegos, hasta la obra completa de Shakespeare, inclusive, la tragedia se ha constituido en un género en sí mismo, que más allá de lo anecdótico de cada historia, propone echar luz sobre la condición misma del ser humano, como fenómeno de la naturaleza. Algo que merece ser tratado en su propio artículo, seguramente.